jueves, 7 de septiembre de 2017

El mismo mar de todos los veranos.- Esther Tusquets


Sin esperar más.- Por Pi

Esto no es, todavía, un comentario a la novela de Esther Tusquets. Es meramente un excursus personal a propósito de lo que he leído de la misma, algo más de la mitad.

He pensado siempre –aunque empiezo a revisar mi postura –que entre el hombre y la mujer no había más que una pequeña diferencia, aunque podría suscribir lo que dijo aquél anónimo diputado francés: ¡Vive la difference!

Pero tras leer a la Tusquets -y tras estar oyendo y leyendo a mozas de toda edad y pelaje durante meses o años recientes- ya no estoy tan seguro. Y no es que no haya constatado siempre la existencia de una manera femenina –una perspectiva, diríamos- de ver las cosas -que eso sí lo había percibido- sino que nunca me había dado cuenta de que las cosas, vistas a la femenina, resultan ser distintas. Peor aún, empiezo a creer que el corazón –por usar el término convencional, podría ser el hígado- femenino difiere en su sustancia de lo que uno creía era el corazón humano -entendiendo por tal el corazón común del género humano. Y lo de género, con perdón.

¿Se me entiende? No me extraña. Yo mismo no entiendo gran cosa. No entiendo lo que tiene que ver la homofobia –sí, ya sé que “homofobia” no es odio al hombre, aunque lo parezca- con la tomatina de Buñol, por ejemplo. Y si –supuesto el inverosímil caso- me gustara a mí restregarme de tomates en la Hoya de Ídem, en lo último en que pensaría es en si me iban a tocar las señoras –o los señores, que uno ya se hace a todo- y abusar -presuntamente- de mi inexistente –aunque también presunta- inocencia y buen gusto.

¿Que qué tiene que ver esto con la Tusquets? Pues esa es la cosa: poco –o nada-, pero se me viene a la cabeza al leerla. Y me digo –es un decir, claro- digo, ¿estaré ya fuera del mundo real, majareta, alelado, con deterioro cognitivo o como queráis decir? Así que he pensado: voy a plantear la cosa a mis compañeros de tertulia, y que me saquen de dudas. Que si no estoy en condiciones, que me quiten y que pongan a otro –mejor, a otra- que seguro que lo verá más claro, lo entenderá todo, lo explicará bien, sintonizará, empatizará, etc.

O, que si así lo tienen a bien, me sugieran el camino, la clave –de sol o de fa- para abordar mi comentario. Que yo por el momento, aunque me esfuerzo en ser incisivo –ya habréis visto que tal vez abuso del inciso, pero es que todo se pega- no doy la talla.

Y en el peor caso, que tengáis paciencia, que estoy leyendo el libro a pequeñas dosis –las únicas que asimilo- y que el comentario se demorará un tanto. Paciencia. Mientras, podéis entreteneros con el mar de fondo que agita ahora mismo a Barcelona, que digo yo que no es el de todos los veranos…

Pi

 

Ni sí ni no (sino todo lo contrario). Por Pi

Me gusta/no me gusta

Reducir el análisis de una obra literaria (o en general artística) al me gusta/no me gusta implica considerar que la única función de la literatura es distractiva o productora de ese superficial placer que llamamos “gusto”. Y nuestra relación con el arte debería ser algo más profunda, sin dejar por lo demás de sentir, en la epidermis, el gusto o disgusto que una obra nos produce.

Aún es peor, porque supone que el gusto o el disgusto es algo unívoco, cuando lo habitual es que una cosa nos guste y nos disguste a la vez, que coexistan sensaciones divergentes al apreciar algo, y como no podemos cuantificar en qué medida nos gusta o no, sólo podemos resumir una especie de “sentir general” o predominante, a menudo influido por circunstancias externas muy diversas (el humor de uno al leer, las condiciones en que se lee, nuestros prejuicios, etc.)

Alguna vez he repetido ya la frase de Nabokov según la cual las obras maestras no se leen, sino que se releen. Dejad de lado lo de “maestras” (que es un juicio a posteriori para el que lee por primera vez) y lo que quiere decir esto es que las obras de cierto valor precisan de una segunda lectura, y que sólo en ésta se aprecian las cosas en su verdadero valor.

Esto tiene algo que ver con eso que se podría pensar que es una odiosa manía de los escritores modernos: la de poner dificultades al lector mediante formas de composición complejas, incluyendo los “flujos de pensamiento” (es decir, párrafos de longitud indeterminada, pero nunca breve, sin puntos y a veces ni comas), el desorden cronológico y otras maldades. Naturalmente, estos procedimientos responden a muchas motivaciones, pero una de ellas es a distanciar al lector del gusto superficial (la amenidad, la emoción fácil, el sentimentalismo, etc.) y hacerle penetrar en ámbitos más profundos, lo que sólo se logra con cierto esfuerzo, y que a menudo requieren una segunda lectura, aunque sólo sea porque uno no se ha enterado de nada en la primera. El abuso de estas fórmulas, es cierto, puede alejar de la literatura a mucha gente, pero un uso moderado parece preciso para evitar caer en la facilidad del best-seller, cuyas 700 páginas uno lee las sin esfuerzo alguno (más allá del de sostener el mamotreto).

Sirva todo esto de introducción al análisis del libro de Esther Tusquets que voy a hacer separando la forma y el fondo de la obra. Pero antes una breve semblanza de la autora.

Esther Tusquets (1936-2012)

De buena familia catalana, con mucha pasta, según ella misma, se dedicó desde joven a la edición un poco por casualidad. Contra lo que se puede creer, la suya no fue la editorial Tusquets, sino Lumen.

Este es su primer libro, una novela a la que luego seguirían otras dos que conforman con ella una trilogía: El amor es un juego solitario (1979) y Varada tras el último naufragio (1980). Además de otras novelas y ensayos, escribió varios libros de memorias o autobiográficos, como Confesiones de una editora poco mentirosa (2005), Habíamos ganado la guerra (2007) y Confesiones de una vieja dama indigna (2009).

La forma

Trataré de ser breve: No hace falta subrayar tras mi exabrupto del otro día que, al menos al principio, me resultó molesto el sistema de “segmentos” o párrafos largos de monólogo interior sin puntos y aparte y sólo algún rarísimo punto y seguido. Más molesto todavía me pareció el abuso de los incisos, a veces de enorme longitud (había uno de una página entera) y numerosos, casi siempre seis o siete por página. Traté de leer omitiendo lo que estaba dentro de los incisos, pero a veces ni yo mismo sabía si estaba dentro o fuera, por la profusión de los párrafos incluidos entre guiones ya que, a diferencia de los paréntesis, no es siempre fácil distinguir si se ha acabado el anterior o se empieza otro. Si a eso unimos una cierta pedantería de la autora, con citas cultas no siempre explícitas, creo que es suficiente para calificar la forma de enredada.

Reconozco que incurro en algunos de estos defectos, pero no hay cosa que más moleste que ver en otro tus propios defectos.

Ahora bien, antes de entrar en valoraciones, convendría plantearse el por qué de este estilo “enredado”. A decir verdad, los segmentos de monólogo (o diálogo) interior no son largos en exceso, no superan nunca las diez páginas y a menudo se quedan en cinco o seis. Comparad con “Crematorio”, por ejemplo. En cuanto a los incisos, dan la impresión de una persona que divaga y vacila, es decir, introduce mediante las frases entre guiones enmiendas parciales o matices a lo que está diciendo en el discurso principal. Yo sigo creyendo que sobran muchos, pero hay que entender que dan al que lee una imagen poco sólida de la persona que habla, y además marean al lector como para transmitirle la sensación de inseguridad de la protagonista. Si le sigues el juego, cosa que no he hecho siempre, caes en la cuenta de su inestabilidad emocional.

Y añadamos que, aunque no me guste el barroco, el estilo de la autora es bueno. Su prosa está muy elaborada y su trabajo de introspección, así como algunos de sus retratos (el de la madre glamourosa, por ejemplo) son muy buenos.

¿Que no se puede leer de corrido? ¿Que hay que deglutirla en pequeñas dosis? Decídmelo a mí, que he precisado para leerla varios días más de los que había previsto. Pero eso no es tanto un defecto como un efecto buscado deliberadamente y que coopera a producir en el lector una impresión más contundente, obligándole a atender al texto. Por lo demás, en sus “Confesiones de una editora”, la autora, paladinamente, reconoce que “mis novelas son duras de leer, pesadas, demasiado difíciles para que pueda identificarse con ellas un lector poco paciente o avezado”. Pues eso.

El fondo

Con esas premisas, es decir, autora que escribe con deliberación, planeando lo que quiere decir y cómo quiere decirlo, buscando producir impresión en el lector, y a ser posible respeto, si no admiración, en los lectores más cualificados, entremos a analizar el fondo de la obra.

Autobiográfica, sin duda. Pero ¿en qué medida? Antes de pasar del asunto despreciando el lado chismoso de todo lo “biográfico”, citaré lo que decía la autora en una entrevista a El País (2-VII-1978) cuando se publicó: “Las partes realmente más biográficas son las que no lo parecen… Hay una historia amorosa que todo el mundo piensa que ha ocurrido y no, es artificial en el sentido de no vivida por mí. En cambio, otras que parecen inventadas –ciertos pasajes del personaje con su marido- responden a experiencias reales” Y luego añade:

“Lo que sí es cierto es que en la novela estoy muy yo (sic). Con la protagonista coincido en cosas, pero ella funciona de una manera algo distinta a como yo lo haría”

También voy a descartar cuestiones incidentales (o que yo considero incidentales) pero que dan para sesudos ensayos, como la del lesbianismo. He leído que es la primera novela escrita en español sobre el lesbianismo, cosa que dudo, pero que no me he molestado en averiguar, porque no me parece que eso sea ni un mérito ni un demérito. Es como si uno escribe la primera novela sobre el cultivo de la alcachofa, un probable tostón por mucho que sea la primera (y por mucho que nos gusten las alcachofas).

Cuestión distinta, aunque relacionada, es que se trate de una novela erótica. De tal la ha calificado la crítica, y no hay nada que objetar a la etiqueta. Pero lo que predomina en ella, más que otra cosa, es el enfoque femenino, hasta feminista, que la hace un tanto pionera de muchas cosas que luego han venido (y no sólo en la literatura) y de las que, probablemente no tiene mucha culpa la autora.

Ahora toca matizar un poco. La autora no cae apenas en los clichés del género, endulza el erotismo con una dosis no sé si de poesía, pero al menos de elegancia, y no ignora, me parece, la naturaleza del amor, como resulta de esa página en que habla de los amores de la sirena con el príncipe, cuando dice que “lo peor y más triste es descubrir que el príncipe encantador … es también el más vulgar de los príncipes” y aún (otra vuelta de tuerca) que lo más terrible para la ondina no es “el hecho de haber perdido a Hans sino que él se haya perdido a sí mismo”

Pero si en algún momento llega a eso, en otros muchos se expresa en términos de mujer diferenciada del hombre (género) al que desprecia. Caracterizar al abuelo de la protagonista como un buey (“una bestia torpe que nada podía entender de sus anhelos”), presentar a su marido, Julio, como lo hace en las páginas finales son sólo ejemplos concretos de una actitud “separatista” de los sexos, centrada precisamente en lo sexual.

Decía Simone de Beauvoir (“El segundo sexo”), ilustre feminista, que “la sexualidad no nos ha parecido nunca lo que define un destino, sino lo que expresa la totalidad de una situación que contribuye a definir”

Y, sin embargo, la visión que da la autora en esta novela, y mucho más la visión vulgar que hoy predomina es casi justo lo contrario, la sexualidad (femenina o masculina) define más que expresa. El rechazo (por no decir odio) del otro sexo es una actitud claramente definitoria, delimitadora. Pero también mezquina y superficial. Como el creer que las únicas relaciones personales son las sexuales. Porque tienden a reducir a la persona a sólo una de sus formas de expresión. No hay identidad de género (sexo, en castellano), sino personal, en la que el sexo es una más entre muchos componentes.

Aunque sería injusto acusar a la obra de sostener esta visión, que está bastante matizada a lo largo de su texto, aparece aquí y allá y uno sospecha que subyace en el fondo, aunque sea latente. En este punto, desde luego, discrepo.

Pi

 

Comentario.- Por Marc Feliu
 

Es un libro de sensaciones, de emociones, de sentimientos, de tristezas, de una vida vacía llena de comodidades, de una búsqueda de culpas y de culpables.

El libro se edita en 1978, en plena transición, se acababa de salir de la dictadura franquista. Sobresale por el tratamiento que hace en este momento del goce sexual femenino, de la experiencia lésbica. Trata sobre las relaciones lesbianas con una franqueza avanzada e insólita en el momento del que hablamos. Aborda el deseo sexual, la sensualidad, el placer y los comportamientos amorosos.

Todo el libro tiene una percepción lésbica, a todos los personajes femeninos se les describe teniendo en cuenta su diferencia con los hombres, sobre todo la protagonista define los pechos, los pechos de su amiga Maite, los pechos blancos de su madre, los pechos de Clara, los pechos apretados en el corsé de las tres vecinas, los pechos de las amigas de la fiesta a la cual asiste Clara también. Desde su infancia es diferente, se siente diferente. Su madre se empeña en llevarla a modistas, a conducirla en la clase a la cual pertenecen, profesores… y nada surte efecto.

Es un libro complicado. No por las descripciones eróticas sino por la complejidad que todo conlleva.

El primer argumento es la relación con la madre. Nunca la protagonista está a la altura de las expectativas de la madre. Se establece una relación para siempre de amor o no amor.

Después, la imagen de Jorge, todo su futuro, todo su amor, todo su porvenir, su desvinculación con la clase que la había hecho sentir tan infeliz y desaparece culpándolo de su destino.

El rechazo a la clase a la cual pertenece y en la que nunca deja de estar.

La relación de veintisiete días con Clara. Una alumna colombiana a la cual pretende.

El padre, Sofía, la madre, la fiesta de verano y las flores de porcelana en manos de Sofía. La permisibilidad moral para hombres por supuesto y también para mujeres de las clases altas.

Clara, una alumna colombiana casi adolescente a la cual pretende.

Y Guiomar. Todo el libro me quedé esperando que la protagonista hablara de Guiomar (su hija). Solo cuando lleva a Clara a la cama del cuarto de los niños en la casa de la abuela explica que es superior el amor por Clara que el que pudo sentir al llevar a Guiomar a la cuna. Además de nombrarla es la única expresión que le dedica.

Y por último el regreso con Julio. La aceptación de su muerte cómoda.

Utiliza un estilo literario elegante y complejo ayudándose de la mitología griega, de los cuentos infantiles y de la literatura clásica. Realiza a través del libro un viaje introspectivo a veces sola y otras veces contando a Clara su vida desde la infancia hasta la edad actual o adulta.

Tal vez el elemento más importante que utiliza es el MAR. El mar que va y viene. Las plantas (las buganvillas de casa de la abuela, las rosas que le regalaba Julio, las orquídeas y los narcisos que ocultaba que tanto le gustaban), los elementos que perduran como los muebles de la casa de sus padres y la de su abuela… el espejo…

Marc Feliu

 

Comentario.- Por M C

No voy a entrar a discutir la introducción de Pi “Me gusta/no me gusta” pero tengo que reconocer que cada vez me dejo llevar más por el Me gusta por considerar la lectura como una actividad básicamente lúdica. Si llego a la página 20 sin haberle cogido el punto me resulta difícil seguir. Antes me esforzaba y me obligaba pero actualmente no me produce problema de conciencia alguno dejar sin acabar un libro. En este caso el libro de Tusquets no me ha costado tanto leerlo -que también- sino comentarlo. Me ha dado mucha pereza y me doy cuenta que cuando han pasado muchos años de una lectura que deslumbró o dejó buen recuerdo el tiempo, sobre todo el que ha pasado por mí, desbarata esas sensaciones.

Leí El mismo mar de todos los veranos en su primera edición de 1978 y sé que me gustó, y que descubrí a una mujer escritora que en aquél momento fue considerada una de las revelaciones de la época, con un castellano “suntuoso” y eficaz (curioso que en las “periferias” se utilice tan bien el lenguaje).

Siempre se pone de relieve, en los comentarios sobre esta obra, la valentía o el atrevimiento de hablar sobre lesbianismo. A mí tanto en la primera como en esta última lectura no me ha parecido relevante. El calificarla de novela erótica también me parece exagerado como considerarla una novela a-moral (¿en relación con qué moral?).

Me resulta más interesante la relación conflictiva de la protagonista con su madre, personaje clave en la novela, mezclando sentimientos de admiración con el resentimiento hacia ella, -hay precisamente una referencia a Carta al padre de Kafka que alude al continuo reproche de la protagonista a la madre. Estos sentimientos los expresa con ironía, mordacidad “parodiando personajes e historias míticas y de cuentos de hada” y, a modo de cuentos, es como va reconstruyendo la historia de su vida que narra a su interlocutora, Clara, su amante y “su hija”, “su muñeca vestida de azul”.

Al final prevalece la realidad sobre las ilusiones La búsqueda de la felicidad casi siempre fracasa.”… Y Wendy creció “.

Sobre la reflexión final de Pi, al que se le nota un afán importante de polemizar, no voy a entrar. A estas alturas que cada uno se quede con su opinión y sus discrepancias, además de que sería más entretenido en una tertulia presencial.

M C

 

Comentario.- Por Max.


“El mismo mar de todos los veranos” es un monólogo en el que la innombrada protagonista/narradora, con motivo de la enésima aventura de su marido (Jaime), con una supuesta, atractiva y rubia actriz, va evocando su vida sentimental. Decide regresar a la casa materna, que es como regresar a la matriz, y ello le sirve para tratar el tema de la relación madre e hija, una relación en la que se mezcla la admiración y adoración a la madre con la alienación y el resentimiento hacia ella.


Evoca continuamente los tiempos de su infancia y sobretodo de su juventud en la que sostuvo una lucha constante para escapar del control de esa madre a la que considera una madrasta no un verdadera madre, habla de ella como –diosa y reina- la compara sarcásticamente con la madrastra de Blacanieves; asimismo habla de ella como “La Atenea tonate”, y como la “mama Juno” –esposa de Júpiter-. La considera una madre indiferente que no participa en el proceso de maduración de su hija.


El desencanto se encuentra presente desde las primeras líneas de la novela, la protagonista es un especimen rara dentro de su familia (perteneciente a la burguesía catalana) tanto desde el punto de vista físico como psicológico, ella desde el primer momento no posee las cualidades de los de su clase, ni tiene los mismos anhelos de grandeza. En varios pasajes de la novela crítica abiertamente esa sociedad burguesa a la que califica de “enanos”, así cuando habla del teatro en el que todos tienen su sitio reservado, afirma que lo único que les importe es hacer vida social, figurar, son capaces de abandonar una obra nada más empezada, pues lo que menos les importa realmente es “la cultura”.

El desencanto por la sociedad en tal que llega a afirmar que “lo único real son los juegos de la infancia, luego pasada la adolescencia todo es una farsa”.

La protagonista no admite con naturalidad el paso del tiempo, ese hecho le produce un gran desasosiego, la vuelta a la universidad para dar unas clases le hace evocar el ambiente de su juventud.

Emite el continuo mensaje de que el amor puro y verdadero es un sueño irrealizable, en el que siempre traicionamos o nos traicionan. Todas las referencias mitológicas que efectúa se refieren a historias de amor con final infeliz, en el que las enamoradas no consigue nunca su objetivo o dicha, compartir la vida con el ser amado: Ariadna abandonada por Teseo en la isla de Naxos, Isolda enamorada perdidamente de Tristán y obligada a casarse con el rey Mark, la cual falleció de tristeza al comprobar que su amado había fallecido en la Bretaña donde acudía para socorrerle.

En cuanto el estilo es bastante caótico, inexistencia de capítulos, vuelta recurrente a los mismos temas, utilización de párrafos interminables, sin puntos y aparte, en los que va mezclando la narración-confesión con otras reflexiones paralelas, que hacen difícil seguir el hilo de lo que nos está contando. Con todo el lenguaje está muy cuidado y en muchas ocasiones alcanza grandes dosis de lirismo.

En mi opinión existe un abuso a las citas mitológicas, literarias y culturales, que en muchos casos se entienden, pero que en otros no se llega a descifrar su sentido. Así en el tramo 4º (Página 46) al hablar del modo en que siguen estudiando los alumnos de primero de historia del arte en la universidad, hace la siguiente reflexión “–Vézelay fuisteis a Castelldefels y entonces qué te dijo, nada siglo trece me dijo que no podía ser-“ Vézelay es una localidad de la Borgoña francesa que tuvo esplendor en la Edad Media, en la que fue construida una abadía denominada Santa María Magdalena de Vézelay en el siglo XII, que es considerada la obra maestra del románico de dicho siglo; Castelldefels también poseyó en el siglo XII un monasterio denominado Santa María; pero más allá de esta coincidencia no encuentro sentido alguno a la reflexión.

  Max

 

Tertulias y Velatorios.- Por Pi 

Con el permiso de mis contertulios, voy a cerrar el ciclo de comentarios sobre la novela de Esther Tusquets no tratando de hacer una síntesis de los comentarios de la novela sino con algunos esbozos.

Y no voy a hacerlo, porque en buena medida algunos de los comentarios ya resumen la novela, desde su perspectiva, por descontado, y me parece reiterativo volver a resumirla aunque sea con otros parámetros.

Para empezar por la superficie, diré, por si no quedaba claro, que la novela no me ha gustado. Y si dijera que no nos ha gustado, creo que tampoco me equivocaría. No voy a repetir lo que dije en mi comentario sobre el “gustar”, pero añadiré en cambio que la autora me ha interesado bastante y he disfrutado (aquí sí) de sus libros de memorias, en especial de las “Confesiones de una editora” (el otro libro habla más de su vida personal y me ha interesado menos).

Aunque creo que es un síntoma de decadencia (¿vejez?) eso de guiarnos por lo que nos gusta, creo que hay suficientes autores interesantes que se pueden disfrutar a todos los niveles, y deberíamos esforzarnos al seleccionar los libros en buscar esos que pensemos que, además de tener cierta “miga”, nos van a gustar. Sin ir más lejos, el libro de Greene que vamos a comentar a continuación es un ejemplo.

Volviendo al libro de la Tusquets, todos, de una manera u otra, hemos subrayado como uno de los temas relevantes del mismo la relación de la narradora con su madre. Os diré que en sus “confesiones”, cuenta la autora que le dio a leer el libro a su madre, y temía que se lo tomara a mal. Pero no. Incluso fue a la fiesta que dio su hija para celebrarlo… vestida de “madre glamourosa”

Ciertamente, y en eso conviene la autora, no es un libro fácil. Quizá podría haberse aligerado un poco la tarea al lector sin mucho detrimento en la calidad, no lo sé, pero hay que tomarlo como es…o escribir otro a nuestro gusto.

Por lo demás, dejando de lado el libro en sí, las cuestiones que saca a relucir me parecían a mí muy tertuliables. Yo no he advertido en mis comentarios un “afán importante” de polémica, pero no voy a negar que esa es mi actitud general en la tertulia. Porque siempre he creído que la polémica (según la RAE, discusión o controversia) es susceptible de hacer luz en los asuntos, de convencer o convencerse por lo que dice el otro, y que ésa es una forma de enriquecer nuestro conocimiento, comprensión o sensibilidad, o cuando menos de ampliar nuestra mente, dando cabida, aunque sea a beneficio de inventario, a las opiniones de los demás. Que interesan tanto como las propias, al menos a mí.

De lo contrario, derivaremos en velatorio, esto es, en decir sólo trivialidades convencionales que no ofenden a nadie (si exceptuamos a la inteligencia), en tono pausado, voz bajita, y con largos intervalos de silencio por en medio. Muy educado, tal vez, pero aburrido, soso y moribundo.

Pi

 

martes, 27 de junio de 2017

El cuarto de atrás.- Carmen Martín Gaite


El cuarto de atrás (Carmen Martín Gaite).- Por Max

Carmen Martín Gaite nació en Salamanca el 8 de noviembre de 1925, hija de José Martín López que ejercía de notario en dicha ciudad y María Gaite Veloso –nacida en Orense-. El desencadenamiento de la guerra civil cuando contaba con 9 años, le impidió estudiar el bachiller en Madrid, como habían previsto sus padres; posteriormente cursó todos sus estudios en Salamanca hasta licenciarse en Filosofía y Letras por la universidad de dicha ciudad; hasta 1948 no se traslada a Madrid, donde a través de Ignacio Aldecoa que había conocido en su primer curso en la Universidad de Salamanca, se introduce en el circulo literario de algunos de los componentes de la llamada generación del 50: Alfonso Sastre, Jesús Fernández, Rafael Sánchez Ferlosio (con el que después contrajo matrimonio) y Josefina Rodríguez Alvarez. Estos escritores junto con otros como: Camilo José Cela, Miguel Delibes, Juan Goytisolo, Ana Mª Matute, Fernández Santos, García Hortelano, Alfonso Grosso y la propia Carmen Martín Gaite conformaran el movimiento denominado “realismo social”.

Las obras del denominado “realismo social” se publicaron desde 1950 hasta los primero años de la década de los 60; en todas ellas se pueden apreciar una serie de rasgos comunes: el inconformismo y la solidaridad con los oprimidos, un decidido enfrentamiento con realidades sociales concretas, un afán de denuncia y un anhelo de cambios sociales, se piensa que el escritor debe comprometerse ante la injusticia social y debe ponerse al servicio de una voluntad transformadora. Las primeras novelas de Carmen Martín Gaite pertenecen a este movimiento, como “Entre visillos” publicada en 1957, en la que refleja la condición de la mujer en el ambiente burgués provinciano.

Posteriormente con la aparición en 1962 de “Las ratas” de Miguel Delibes y sobretodo de “Tiempo de silencio” de Luis Martín Santos, se inicia un cambio importante en la novela española hacia una literatura más experimental que tiene en cuenta la aportaciones narrativas de los grandes novelistas extranjeros. “El cuarto de atrás” pertenece a esta nueva forma de construir las novelas; cuya característica principal, desde el punto de vista formal, es la continua interferencia de los diálogos de la protagonista con un personaje ficticio, con largos monólogos interiores de ésta, que su vez es la propia autora.

La trama o parte fabulesca de la novela consiste en que una mujer que padece insomnio una noche -supuestamente, la narradora convertida en personaje de su propia novela- se ve sorprendida por la visita inesperada de un desconocido que la fascina y que entabla conversación con ella, como si la conociera desde siempre, haciéndole preguntas sobre su vida, y sobre su modo de hacer literatura, enmarcado todo en un ambiente misterioso.

En la novela la autora lleva a cabo un análisis introspectivo, se trata de un viaje al interior de ella misma en busca del pasado, para poder de este modo explicarse y comprenderse a sí misma. La presencia del hombre de negro es un mero instrumento, una presencia que es pretexto para la narración y, a la vez, para despertar la memoria de la autora-personaje; para que esta haga mayor énfasis en determinados recuerdos o actitudes vitales; como el sentimiento de rebeldía frente a las normas impuestas, lo que en el libro denomina “fugarse”, es decir, comportarse de modo distinto a como se espera; con especial énfasis al rol que durante la época franquista se había designado -por ley no escrita- a la mujer (afanada y resignada ama de casa, siempre supeditada a los deseos y voluntad de sus padres y maridos).

La forma es dialogada, pero sólo aparentemente: en realidad, reconocemos que son monólogos de la propia narradora, o sea, narraciones de incógnito al fin y al cabo. Se produce un desdoblamiento de la autora en narradora como voz en off o narradora observadora (que desde una supuesta realidad, la del momento de la escritura, transcribe esa ficción, ese diálogo ficticio como realidad que ha ocurrido verdaderamente) y narradora-personaje, dialogante, que toma parte en la conversación, dando lugar a un juego de espejos. Un ejemplo muy significativo de este monólogo-dialogo ficción es el que se produce con su antigua amiga de la niñez ya fallecida –con la que había inventado la “Isla de Bergai” para evadirse y encontrar la paz-. A esta amiga le gustaba el nombre de Alejandro (nombre del supuesto hombre de negro): “Oye, que divertido, que jaleo, se ha creído que soy Esmeralda. ¿Y él es Alejandro, verdad? Nos lo hemos encontrado en carne y hueso. No estés tan segura, espera a ver por donde sale todo esto.”

Las intervenciones de la voz de la narración son mínimas, y se refieren sólo a lo circunstancial, a lo que sucede en el espacio que los rodea, la habitación, mientras los dos personajes van hablando, como si se tratara de acotaciones teatrales, sobre gestos y posturas de los interlocutores (p. ej., la cajita de píldoras, que más tarde será prueba palpable de la presencia real de esa figura misteriosa, por lo que demuestra su importancia dentro del texto: su presencia no se debe al capricho, es una "piedrecita blanca" como la de Pulgarcito, una malicia del plan dentro de un entramado), aunque de vez en cuando no pueda resistirse a utilizar también esa voz para introducir alguna valoración sobre el pasado o alguna opinión sobre el acto de la narración, que resultan interesantes para comprender algunos aspectos de sus obras y de sí misma: por ejemplo, la reflexión sobre los libros de memorias, que recuerda al recurso metaficcional de la unamoniana Niebla, ya que se habla sobre cómo escribir un libro que, en el fondo, ya se está escribiendo, fragmentaria y sutilmente, siguiendo un hilo imperceptible: referencias a ese libro-embrión dentro del cuaderno perdido.

El pasado no es evocado mediante hechos concretos y fechas determinadas, sino que más bien se refiere a las sensaciones que tuvo en épocas pasadas; así habla de la época de los helados de limón, de la época del parchís, de la época de Carmen Franco, etc., evoca los detalles pequeños (con lo que se destaca la importancia que tienen los objetos para la escritora) y de los personajes aparentemente insignificantes (sus familiares, sus amigos y aun esa Carmencita Franco, la hija del dictador, de la que habla con ternura, como de una vida paralela a la suya, pues al fin y al cabo no es más que otra víctima del sistema a la que, aun sin conocer personalmente, comprende y con la que llega incluso, aunque sea por un momento, a identificarse).

El cuarto de atrás era una habitación donde se guardaban algunas cosas poco utilizadas por los mayores, y estaba absolutamente desorganizado, donde existía espacio para el estudio de ella y de su hermana, pero también había espacio suficiente para el juego, representaba “un reino donde nada estaba prohibido”. La desaparición de este cuarto, con esas características, pues hubo que utilizarlo para cuestiones más prácticas y materiales (el almacenamiento de víveres durante la postguerra); coincide también con el paso de la infancia a la adolescencia de la escritora-protagonista. También utiliza alegóricamente esta expresión “el cuarto de atrás” para representar aquellos recuerdos que los tenemos escondidos en el lugar más recóndito de nuestro cerebro y a los que solo podemos acceder a ellos en algunas ocasiones, no cuando queremos voluntariamente evocarlos. Así cuando retoma la conversación con el hombre de negro dice: “…se esfuma, se lleva las imágenes de mi infancia y de la infancia de mi madre. Ha vuelto a caer la cortina que defiende la puerta del cuarto de atrás.” (p. 93).

La referencia constante al "escondite inglés" (p. 97 y 102), a ese juego de niños al que se aferra texto tras texto sin aclararnos por qué, encuentra aquí la clave por fin para su desciframiento: la escritora se ha sentido durante parte de su vida como si estuviera jugando, sin saberlo, al "escondite inglés", como si todo cambiara o desapareciera sin que ella siquiera se diera cuenta de nada, como mirando a la pared mientras todo transcurre a sus espaldas. “El tiempo transcurre a hurtadillas, disimulando, no lo vemos andar, pero de pronto volvemos la cabeza y encontramos imágenes que se han desplazado a nuestras espaldas… Por eso es tan difícil luego ordenar la memoria, entender lo que estaba antes y lo que estaba después”

En cuanto al lenguaje, utiliza varios recursos para que el lector efectúe una lectura activa del texto, quien debe reconstruir lo que no queda dicho por la escritora, como es el caso de los deícticos: "...¿no estaría mejor sentada aquí?", "Ya, ahí está la cuestión", o de las muletillas conversacionales que añaden vivacidad al discurso narrativo y dan una sensación de frescura, de inmediatez inconsciente, que es absolutamente premeditada: "Bueno, sí, claro...", "sí, ya ve", "lo que le quería decir es que yo..."; o bien emplea verbos que indican inseguridad, para mostrar su subjetividad, para reforzar la impresión débil del recuerdo, la posibilidad de verdades personales, parciales, leves y siempre variables, tanteando lo real, aunque se trate de otro juego formal: "no estoy segura, creo que...", "yo juraría que...", "creo que… pero no sé", "yo es que...", "vamos, es como lo veía yo..."; asimismo, las enumeraciones le dan un ritmo de letanía a la narración en ciertos momentos culminantes, para destacar la asfixia, la monotonía de la vida en la época de Franco: "… Franco inaugurando fábricas y pantanos, dictando penas de muerte, apadrinando la boda de su hija y de las hijas de su hija, hablando por la radio, contemplando el desfile de la Victoria, Franco pescando truchas, Franco en el Pazo de Meirás, Franco en los sellos, Franco en el NO-DO..." (p. 115). 

Max 




Sobre Carmen Martín Gaite.- Por Pi

 Sin duda que por cronología y sociología hay que incluir a Carmen Martín Gaite  en lo que se ha llamado (con nombre algo nefasto) “realismo social”. Pero los matices que habría que hacer inducen a pensar que la autora no se ajusta gran cosa a cualquier definición que pueda darse de esta escuela o movimiento. Santos Sanz Villanueva (Historia de la novela social española) la coloca, junto a los autores más interesantes de la época (Aldecoa, Fernández Santos, Sánchez Ferlosio) en lo que él llama “tendencia neorrealista”. Con más amplitud de miras, Ignacio Soldevila (La novela desde 1936) explica la menor nombradía de la autora al equívoco de incluirla en el realismo social, ya que su obra decepcionaba a los forofos de dicha tendencia y hacía que no la leyeran los que estaban en contra de ella.
En realidad, una vena fantástica o al menos imaginativa hay en su obra desde los inicios. No cuento ningún secreto (porque la autora habla de ello en “El cuarto de atrás”) si digo que ya en “El balneario”, su primera novela (corta), hay una historia fantástica, reconducida luego al realismo mediante el expediente (algo decepcionante) del sueño. Pero en fin, si en la media docena de novelas que escribió en los 20 años primeros de su carrera predomina el realismo, “El cuarto de atrás” parece que marca un punto de inflexión.
Y no es porque no se sigan en la misma los procedimientos realistas, pero el orden cronológico y lógico está interrumpido constantemente por esos recuerdos que acuden, por esa presencia extraña del supuesto periodista que le hace indagar en sí misma, en su vida pasada, pero también en sus proyectos. No creemos, contra lo que dijeron algunos críticos, que la autora estuviera falta de temas, es que ha dejado de interesarse por la realidad externa más superficial y se adentra en otros mundos más reducidos y a la vez más amplios, los de sus recuerdos y sus anhelos, mientras que el presente desde el que escribe es indispensable pero está visto a la vacilante luz nocturna de una realidad mediatizada por una extraña presencia que, de nuevo, parece necesaria (como catalizador, como contrapartida de un diálogo que es casi monólogo) y no es sino pre-texto, pues el verdadero texto del libro es de una materia más evanescente, menos “real”
La novela tiene así una textura algo híbrida, en parte es autobiografía, memoria personal, (auto)crítica literaria, etc…Pero esta mezcolanza está hecha  con tanto arte y naturalidad, la autora mantiene tan bien el hilo de intriga (fino, pero sólido como el sedal con el que ha pescado al lector) que se lee no sólo con interés sino con verdadero placer. No es extraño por tanto que lograra el premio de la Crítica y que esté considerada entre las mejores de su producción que, si no es demasiado extensa, supera la docena de novelas y libros de ficción.
Entre sus características, yo aprecio en toda lo leído de Carmen Martín Gaite cierta simpatía, presente en esta novela, y, sobre todo, esa especie de complicidad que introduce al lector en su trama, de modo que parece estar a su lado cuando rebusca entre sus papeles, ve las cosas a su manera y disfruta de esa sensación privilegiada de estar a la vez viviendo el libro y leyéndolo. Para mí esto ha resultado delicioso.
Pi


 
Comentario.- Por Marc Feliu 

Carmen a través del diálogo con un desconocido, que se presenta a media noche después de estar ya acostada, realiza un viaje introspectivo mezclando realidad con ficción, presente con pasado. Todo tiene un desorden ordenado, fluyen los pensamientos sin orden cronológico real. El cuaderno que va buscando la va transportado de un momento a otro de un tiempo a otro, de un espacio a otro, de una sensación a otra, de una emoción a otra. Todo es en fluir de pensamientos de un tiempo pasado mezclados con instantes reales de una noche, o no reales. Puede haber sido un sueño.

Carmen se encuentra con el interlocutor perfecto, con el que la quiere escuchar, dispone de todo el tiempo, no entorpece sus idas y venidas en el tiempo ni sus ausencias a la cocina, la anima a seguir contando, le encanta toda ella. Se llama Alejandro como el protagonista de la novela que escriben una vez ella y su amiga. En su soledad y en la soledad de una noche tormentosa recompone y estructura toda su vida hasta ese momento, un ciclo de cincuenta años, un antes corto y un después muy largo con el Generalísimo.

Va realizando su propio retrato a través de la memoria. Su dificultad para dormir, siempre presente, la transportaba, cuando era pequeña y dormía con su hermana, a mansiones donde las damas se tumbaban en el diván, llevaban pantalones anchos, siempre perfectamente arregladas y al lado de un teléfono blanco precioso esperando la llamada. La época de los helados de limón, los juegos en el cuarto de atrás, los viajes a Madrid. Como se quitaba su madre los guantes en el teatro; estar sentada en el palco con sus padres y su hermana era el placer más grande de su infancia. Las visitas a la modista, ver los figurines de moda, elegir las telas, el modelo, el propio desfile de la modelo. Son recuerdos mágicos, vivencias mágicas que van construyendo su identidad. Todo esto formaría parte del antes, donde hablar de política no era peligroso, podía servir de distracción la conversación con su tío el socialista.

En ese después, largo, prolongado, los hechos los observa de otra forma. El cuarto de atrás se emplea de almacén: aceite grano, perdices en escabeche, grano, arroz… Se reciclan los juguetes, matan a su tío… Todo se tenía que amortizar, el abrigo, los zapatos… desaparecen las conversaciones tranquilas. Se impone un modelo de proceder y de actuar. En este tiempo sitúa a la mujer como protagonista; ella y las demás mujeres. Es el tiempo del recato. La mujer ha de mostrarse alegre, fuerte, sumisa, ama de casa, discreta, correcta, buena madre, siempre en la retaguardia ya que es el marido el que sobresale. La mano derecha no ha de saber lo que hace la izquierda, las chicas casaderas a las nueve y media en casa, han de saber coser y bordar, llevar la casa… Estudiar es cosa más de hombres… Todo lo escribe de forma ingenua, simpática, no olvida a las mujeres desecho de la guerra haciendo parodia de las canciones de la época que llevan nombre de mujer, que van de un lado a otro, que ninguno se las queda, víctimas de su desgraciado destino: La Lirio, La Petenera, La Ruiseñora. Ahora bien, la canción por excelencia es Tatuaje de Concha Piquer, de doña Concha como la llamaban. Es el tiempo de la espera, esperar es el cuarto de atrás de la mujer. Es el tiempo del estraperlo, de los modelos a seguir, de la falta de libertad, de los matrimonios de conveniencia… de las grandes diferencias sociales.

Además del interlocutor idóneo, la noche, el insomnio, los tiempos desordenados (como explica huye del caminito de piedrecitas para recordar, son sustituidas por las huellas de su paso), utiliza un escenario doméstico: su sofá, su cuarto, su cocina, el espejo (donde en un momento de esos de idas y venidas por la casa, se mira y se ve con el trapo en la mano para limpiar y piensa que eso no es lo suyo), la tremenda cucaracha que la asusta a ella y a su hija cuando vuelve; hay que matar lo malo, acabar con ello. Los objetos como el costurero que se desparrama y va recogiendo, allí también están sus medicinas. Pueden ser los pasajes de su vida. La cajita dorada: un amor no correspondido…

La conversación con Carola despreciada por Alejandro y azote de Rafael, los viajes con su amiga de la mano a la isla de Bergai, el salón del chalet de la Ciudad Lineal convertido en escenario de su introspección,el escondite inglés (ponerse de espaldas y esperar), la maleta de doble fondo con las cartas… Todo está en ese espacio comprendido entre la realidad y la ficción, los sueños o los deseos, en definitiva el retrato de 50 años de esa vida, real o imaginaria.

Carmen Martín Gaite es una rebelde de su tiempo pero tiene la suerte de pertenecer a ese escaso tercio de la sociedad española de la época. Claro que padece los tiempos que corrían pero con padres, hermana, casa para vivir, despensa llena y sobre todo acceso a la cultura. La cultura era la que era como ella cuenta; hasta llegar al instituto no conocía la palabra lesbiana ni invertido, el ideal de comportamiento era Agustina de Aragón, Isabel la Católica y otras. Es consciente de su ventaja, ya que nos cuenta como su mejor amiga tenía los padres en la cárcel y se imaginaba cosas para jugar. Los hijos de los labradores iban por ahí. Nace el 8 de diciembre de 1925 y muere el 22 de julio del 2000. Tiene una hija de su matrimonio con Rafael Sánchez Ferlosio. Resulta curioso y ratifica su rebeldía frente al sistema que el 23 de noviembre del 1975 sube a casa de una vecina con su hija Marta a ver el entierro porque no tiene televisión.

 Marc Feliu



Comentario.- Por MC

Como soy la última en enviar el comentario sobre la novela El cuarto de atrás no voy a reiterar lo que ya se ha dicho sobre su argumento.

Me gustó que se eligiera una novela de Carmen Martín Gaite porque para mí ha sido una autora imprescindible y, curiosamente, no recordaba haber leído esta obra.

Tengo claro que, sin tener referencias de ella, y solamente porque me resultó atractiva la portada y su título, el primer libro suyo que leí fue El balneario, que incluía, además de la novela corta del mismo nombre con la que ganó el premio Café de Gijón en 1954, tres cuentos más. Y a partir de ahí me cautivó su literatura y me interesó todo lo referente a su vida, trayectoria profesional, opiniones, conferencias… hasta llegar a la conclusión de considerarla una de las mujeres más interesantes del siglo XX de la que destacaría, sobre todo, su discreción: “la gente que explica tanto su vida –con aspavientos y alharacas- necesita de ese armazón. Es como las novelas exhaustivamente descriptivas pero que no ves la habitación” escribe el 6 de octubre de 1978 en uno de sus innumerables cuadernos.

El cuarto de atrás, dice Martín Garzo en el prólogo de una de sus ediciones, es un ensayo sobre el oficio de escribir, un libro de memorias y una novela fantástica. Pero, por encima de todo ello, es una larga conversación. Escribir para Martín Gaite es la búsqueda de un interlocutor providencial capaz de hacernos decir cosas insospechadas. Ella misma reconocía en alguna entrevista que la única novela en la que hablaba un poco de si misma era ésta pero “lo he aderezado con tal fantasía y con tantas cosas raras que pasan: ese señor de negro que no se sabe si existe o no, que bueno, lo enmascara”.

Después de su muerte se publica, en 2002, Cuadernos de todo, con la edición de las libretas y cuadernos, que tantas veces cita en sus novelas y que constituyen la trastienda de su obra narrativa.

Releyendo páginas de esa voluminosa obra - y muy cuidada en su edición-, se localizan los primeros apuntes para El cuarto de atrás en dos libretas de 1973-1974: “El cuarto de atrás debe ir muy ceñido con poca adjetivación ni artificio. Argumento y simplicidad”.

En otro cuaderno, y con fecha de 23 de enero de 1976, están los apuntes de la descripción del asunto de la pequeña vajilla, de siete cincuenta, que la protagonista ve en un escaparate y con la que imaginaba reponer su deteriorada cocina de juguete de antes de la guerra. Son muchos los elementos realistas de la novela, con recuerdos muy precisos de los años de guerra y posguerra, los bombardeos de Salamanca…

Llama la atención, en el cuaderno que inicia en diciembre de 1976, el apasionado encuentro de la autora con la obra Introducción a la literatura fantástica de Todorov donde se sostiene que el texto fantástico debe obligar al lector a vacilar entre una explicación natural y una explicación sobrenatural de los acontecimientos descritos y que tanto influyó en la redacción de la novela que comentamos. En otro apunte del mismo cuaderno ya se vislumbra la aparición del misterioso entrevistador como motivo central de la misma.

En un cuaderno con las cubiertas de tejido rojo, rayado, que estrena el lunes de Pascua de 1977, en la Biblioteca Nacional, ha pegado el texto mecanografiado del primer capítulo de El cuarto de atrás, la dedicatoria a Lewis Carroll y una versión de la escena final en la que el objeto mágico no es la cajita dorada que aparece en la novela. Es precisamente la dedicatoria del libro:

Para Lewis Caroll,
que todavía nos consuela de tanta cordura
y nos acoge en su mundo al revés”.
Y la cita de Georges Bataille La experiencia no puede ser comunicada sin lazos de silencio, de ocultamiento, de distancia” son una declaración de principios de lo que se manifiesta en la novela en la que ”elementos realistas y fantásticos se nutren unos de otros, se complementan y se afianzan mutuamente “(profesor Manuel Durán).
Como decía la autora la memoria humana tiene también su cuarto de atrás, una especie de desván que todos tenemos en el cerebro, separado de las estancias más ordenadas de la mente por una cortina que sólo se descorre de vez en cuando y son esos recuerdos que viven en “el cuarto de atrás” los que pueden darnos alguna sorpresa.
Es un libro original, lleno de encanto, con una prosa impecable y amena.
De la autora ya he expresado mi admiración y como destaca Rafael Chirbes en el prólogo a la obra Cuadernos de todo “una difícil y voluntaria posición de excentricidad permitió a Carmen Martín Gaite mirar de modo original los problemas de su tiempo, los consensos políticos, los usos cotidianos...”
Junto a Rosa Chacel y María Zambrano es el paradigma de mujer de letras, porque lo convirtió todo en letra escrita (en palabras del profesor José Teruel).
MC
 

El cuarto de atrás y la cajita dorada.- Por Pi


Sólo un breve comentario para resaltar estos dos elementos de la novela, aunque no creo añadir nada nuevo con ello.
Por un lado, en efecto, Marc Felíu ha analizado con suficiente extensión el valor de “el cuarto de atrás”, que la propia autora (al dar ese título a su obra) subraya ya. La evolución del cuarto, sus usos, etc… es una forma muy literaria de dar cuenta del paso del tiempo (de su tiempo, sobre todo).
Por otro lado, MC al mencionar la cajita dorada que, es, al final, el único testimonio de la “realidad” de la presencia fantástica del visitante de medianoche pone de relieve el intencionado carácter intermedio entre lo real y lo fantástico de este detalle, basado en la obra de Todorov.
No creo que la literatura haya de ser “fantástica” para incluir casi siempre un elemento de fantasía. La ficción, aunque se base fielmente en la realidad y respete sus reglas, no puede dejar de reflejar algo que en la vida real se da con más frecuencia de lo que solemos admitir, porque nuestras creencias racionalistas nos lo impiden: las casualidades y azares, por ejemplo, que pueden cambiar el rumbo, tal vez no de nuestra existencia, pero sí el de los acontecimientos a que ésta se ve sujeta. Esto sin ser “fantástico” rompe la lógica ordenada de nuestras vidas con cierta frecuencia. 
Lo que ocurre es que, aun dejando abierto el portillo de lo que puede suceder (“siempre ocurre lo inesperado”), solemos mantener rígida la separación entre lo “normal”, lo programado, lo esperable y lo eventual, inesperado o inverosímil. Y, en general, tratamos de evitar las consecuencias de la irrupción de esto último en nuestras vidas.
Yo creo que esta novela se sitúa en esta encrucijada, perfecta, desde el punto de vista formal, y, por una noche, la narradora-protagonista se deja llevar (no sin reticencias) a la irrupción de lo inesperado, aunque el mundo que se le revela así no deja de ser el de siempre, pero alterado por la ausencia de orden cronológico, de reglas del mundo “real”. Eso, que provoca una ruptura de las fronteras entre lo real y lo fantástico, es uno de los logros de la novela.
El otro factor valioso, para mí, es la simpatía que me inspira la autora, no sólo por  esta novela, pero que en ésta se ve incrementada por el tono tan personal que le confiere el ser ella, con pocos velos, la protagonista. 

  Pi 

 

 Vamos cerrando y a otro tema.- Por Max 

 

Todos hemos coincidido en que el gran acierto de Carmen Martín Gaite en “El cuarto de atrás” ha sido el transformar una monótona confesión autobiográfica en un texto vivo (pues con la visita del misterioso hombre de negro, el monólogo se transforma en un dialogo real, aunque en el fondo sabemos que es imaginado) y con una cierta dosis de misterio, en el que además la autora va desgranando algunas de las claves de su producción literaria: “La literatura es un desafío de la lógica, no un refugio contra la incertidumbre”, y su pensamiento político (la denuncia de la situación de opresión de la mujer en la época franquista).

Marc Felíu aporta una interesante interpretación del significado de la existencia del cuarto de atrás, como lugar lúdico y desordenado, donde todo estaba permitido; y la posterior utilización de dicho espacio para otros fines más materialistas y prácticos, para determinar la separación de dos épocas de la historia política de España, la anterior a la guerra civil y la que se inicia con esta y la posterior dictadura de Franco.

MC como viene siendo costumbre ha rebuscado lo que podía haber detrás de la novela, o mejor dicho antes de esta, en este caso, son los “Cuadernos” –la autora nos habla de uno de ellos en la novela- en estos cuadernos Carmen M.G. iba efectuando una especie de bosquejos, que luego va utilizando en obras posteriores. (Desconocía que se había publicado un compendio de dichos cuadernos).

Max