miércoles, 6 de diciembre de 2017

Amsterdam.- Ian McEwan

Amsterdam.- Por MC

Notas sobre el autor

         Ian McEvan, nacido en 1948, está considerado como uno de los mejores escritores británicos contemporáneos por sus excelentes novelas y relatos (su primera colección de relatos, Primer amor, últimos ritos, le valió el premio Somerset Maugham, para escritores menores de treinta y cinco años, en 1976) así como por su faceta de guionista y dramaturgo. Es un escritor muy premiado aunque él mismo reconoce que a la vida del escritor moderno se han agregado los premios y las polémicas sobre su concesión. No exenta de polémica estuvo la concesión, por la novela que vamos a comentar, del premio Booker en 1998, aunque la mayoría de críticos consideran que su novela Expiación es mucho mejor, llegando algunos críticos más feroces a insinuar que el mismo título es una especie de exculpación por las inconsistencias de la premiada Amsterdam. Como el propio autor asume, los premios son muy provechosos para la venta de libros pero la literatura tiene poco que ver con esta circunstancia. Sin embargo un premio y un reconocimiento al que no pudo resistirse y por el que se sintió especialmente agradecido fue el  Premio Reino de Redonda, en 2011, que llevó aparejado el nombramiento de Duque de Perros Negros, pasando a integrar ese estamento nobiliario intelectual al que pertenecen reconocidas figuras del mundo de la cultura y en el que reina el escritor Javier Marías.
         En cualquier caso, premiado en exceso o no, es considerado con Martin Amis, Julian Barnes y Kazuo Ishiguro la llamada “Armada Invencible” de la narrativa europea actual. 

Argumento y crítica


La protagonista en la sombra de esta novela es Molly Lane, amante de cuatro personajes muy diferentes y nexo de unión entre ellos desde las primeras líneas donde se narra, precisamente, su entierro al que asisten los cuatro: los amigos Clive Linley, músico de éxito  (y el que de algún modo condiciona el título de la novela ya que en esa ciudad va a presentar su sinfonía del Milenio) y Vernon Halliday, periodista, con quienes compartió juventud, idealismo y penurias. George Lane, millonario e influyente marido, que llegó mucho después a la vida de la protagonista a la que sólo en la terrible fase final de su vida pudo controlar, y Julian Garmony, político conservador que puede llegar a primer ministro y cuya relación resulta incomprensible para sus amigos de juventud.
      A partir de ahí Ian McEvan construye una feroz, cínica y mordiente fábula moral, describiendo una sociedad (y una prensa) sensacionalista, poco respetuosa de la intimidad,  sustentada por personajes amorales, en la que, curiosamente, cada uno de ellos, especialmente el  periodista y el afamado músico, cuestionan la falta de ética del otro. Retrato abrumador de una realidad muy próxima.
     El desenlace final, excesivamente forzado y poco creíble se corresponde con la moraleja de esa “fábula moral“ que constituye la novela.
Personalmente la novela me ha resultado muy fácil de leer y la recomiendo. Me parece un gran autor con una técnica narrativa muy inteligente.
Al releer una entrevista del año 2003 con el autor, en una revista literaria, he entendido mejor su  forma de escribir, en general, y por supuesto lo que quiso plantear con Amsterdam. 
Para Ian McEvan la novela como género es una forma de investigar en la naturaleza humana y no sería posible sin la trampa o truco de seguir creando personajes imaginarios. La novela no puede existir sin carácter, sin psicología. Para el autor la ficción es la penetración de la realidad sobre hechos imaginarios. Confiesa que con esta obra quiso ofrecer una comedia que se planteara dilemas morales como el derecho a la privacidad de personajes públicos y la responsabilidad del artista en sus creaciones: “No es una novela negra ni un thriller psicológico como dicen muchos, es más lúdica que espeluznante”. Con este planteamiento resulta más justificable el desenlace final.
     En cuanto a la supervivencia de la novela como género literario, y ya para terminar, me parece muy interesante su opinión. Considera que a pesar de los rivales importantes que han surgido, como el cine y la televisión, sigue siendo el instrumento más preciso para acercarse a la naturaleza humana: “Ninguna otra forma de expresión te permite introducirte tan a fondo  en la mente de una persona, ni expresar el enfrentamiento del individuo con la sociedad en la que vive. Por ello creo que este género seguirá floreciendo“.
      Que así sea
MC

Comentario.- Por Pi
 Pocos libros he leído con tanto gusto casi desde el principio y hasta su mitad, virtualmente de un tirón, asimilando con interés creciente los diversos temas que se desarrollan con agilidad en el mismo, todos ellos prometedores: el de la eutanasia en la secuencia retrospectiva sobre Molly, el de la prensa amarilla protagonizado por Vernon y el de la creación artística en el caso de Clive, que para mí culminan, más o menos bien entrelazados, en la secuencia de la excursión por el distrito de los Lagos.
El problema de los libros que prometen mucho es que cuando sus promesas se frustran, aunque sólo sea en parte, decepcionan también mucho. Creo que eso es lo que me ha pasado con “Amsterdam”. La primera mitad del libro es prometedora, muy prometedora, pero también muy ambiciosa. Aborda muchos temas mayores que exigirían un desarrollo amplio, y cuando apenas nos ha introducido en ellos estamos tan sólo a un centenar de páginas del final.
Siempre he sido partidario de los libros breves, y éste lo es. Apenas 220 páginas en mi edición, de letra más bien grande, que sin duda bajarían de las 200 en una edición con letra algo más pequeña y sin tanto espacio entre capítulos. Pero los libros breves exigen una historia reducida que contar, un buen esbozo, una cuestión simple, un retazo de vida que retratar. Cuando se quieren abordar demasiados asuntos, y se quiere hacer con seriedad, con sutileza, es preciso desarrollarlos con algo más de espacio. Creo que es el primer libro que leo en mucho tiempo del que pienso que le faltan un centenar de páginas, o, mejor dicho, que un centenar de páginas más tal vez le hubieran permitido cumplir las promesas que formula en su inicio.
A mí me da la impresión de que el libro se despeña a partir de su mitad por cierta prisa, por tomar atajos para acelerar el desenlace, y los atajos tomados, los métodos utilizados para acelerar un desarrollo que debería haber sido más reposado, chirrían un tanto.
Empecemos por el primero que es (quizá) el desencadenante de todo: la interrupción que sufre Clive durante su excursión cuando en pleno éxtasis creativo observa que una mujer está siendo atacada por su acompañante. Yo encuentro poco verosímil (o mal explicada) la reacción de Clive. Hubiera entendido mejor que el compositor, embebido en su música, no registre de una manera racional (normal) lo que ve, y que sólo retrospectivamente recuerde lo que ha visto y saque las conclusiones pertinentes. O que, por el contrario, mande al diablo su música y acuda en ayuda de la mujer. Tal vez mi incomprensión se deba a que no soy un artista y me siento incapaz de comprender su mentalidad, desde luego.
A partir de ahí todo está muy cogido por los pelos, la verdad. Porque si esto es poco verosímil, menos aún lo es que Clive lo mencione ante Vernon y más absurda es la reacción de éste comunicándoselo a la policía. Cierto, todo este encadenamiento de sucesos es preciso para que la novela termine y lo haga como lo hace, bastante malamente. Pero a uno le da la impresión de que lo que en sus inicios fluía como un majestuoso río (o como una promesa de tal) se ha metido por senderos escabrosos y desciende aprisa por entre piedras y peñascos, con cierta violencia y ruido, pero con poca belleza.
La conducta de Vernon como director de periódico está algo mejor delineada, pero se ve perjudicada por cierta exageración que, en vez de hacer su alegato más contundente, lo hace menos verosímil. No hacía falta recurrir a una historia de travestismo del ministro de Asuntos exteriores, cuando  hace pocas semanas el ministro de Defensa de Su Graciosa Majestad se vio obligado a dimitir tras reconocer que le había puesto la mano en el muslo a una señora hace una docena de años.
[¡Manes de la Acción Católica! Ni la más beata de mis tías abuelas hubiera esperado conocer semejante imperio de la moralidad (absolutamente cínico, por descontado)]
Con esto quiero decir que no hacía falta forzar la mano en lo escandaloso para que la amenaza del periódico tuviera verosimilitud, y el subrayado excesivo, algo grotesco, le hace perder calidad. Lo que sigue está mejor visto, incluso la súbita reversión del poder de Vernon en el periódico, pero todo se desarrolla demasiado aprisa como para ser del todo convincente. Hay esbozos de personajes secundarios, como Frank Dibben, que hubieran merecido un mayor desarrollo.
Coincido con M.C. en que el desenlace no resulta convincente. Que, por los motivos aducidos, uno de los  protagonistas decidiera eliminar al otro ya sería improbable, pero que lo decidan los dos y por similar método es algo totalmente inverosímil. Que el método parodie el motivo inicial de la eutanasia no es sino un intento, no muy logrado, de cerrar de manera circular un relato algo apresurado, prometedor, pero mal desarrollado y por ello decepcionante.
Este es el primer libro que leo de McEwan. Y mi juicio sobre el autor lo aplazo hasta conocer otros, pues es visible que domina el arte de narrar, plantea cuestiones interesantes y sus personajes tienen cierta enjundia. Pero en esta obra sus talentos se malogran por culpa del desarrollo apresurado de un argumento tal vez demasiado ambicioso, cuyo tratamiento acaba siendo superficial. 

Pi


miércoles, 25 de octubre de 2017

Nuestro hombre en La Habana.- Graham Greene


Henry Graham Greene (Berkhamsted, Hertfordshire, 2 de octubre de 1904 – Vevey, Suiza, 3 de abril de 1991),escritor, guionista y crítico.

Norman Sherry,(biógrafo oficial), con extraordinaria lealtad, profesor de San Antonio (Texas), ha dedicado a Greene una biografía de tres mil páginas, dividida en tres volúmenes: 1904-1939, 1939-1955, 1955-1991.

A Graham Greene le interesó mucho la deslealtad. Dejó la religión de sus padres para convertirse al catolicismo por amor a la que fue su primera mujer, Vivien Dayrell-Browning. Se bautizó y se casó en 1927, y fue periodista, novelista, viajero profesional, miembro del Servicio Secreto durante la Segunda Guerra Mundial en Sierra Leona, donde en 1943 conoció la muerte de su padre y mandó decir una misa por él. Greene eligió ser católico, novelista popular, inventor de aventuras. Contemplaba el catolicismo como una flexible ley de hierro, interpretada por creyentes dudosos que llegaban a Dios por el atajo del pecado. Le molestaba mucho que lo llamaran “novelista católico”, por qué no, decía él, me llaman “católico que escribe novelas”.

Greene entendió la literatura como rama de la industria del entretenimiento. Había nacido en 1904, cuando el cine también nacía y percibió desde sus comienzos literarios la nueva tensión entre las imágenes cinematográficas y las novelas. El entretenimiento novelístico competía ahora con películas y periodismo de masas. Ideó historias con pasiones y emociones donde el bien y el mal, la conciencia individual y la religión establecida eran patentes.

Le atraían las regiones turbulentas: España, México, Kenia, Indochina o Centroamérica. Autor de calidad, “el escritor más distinguido del género de espías”, como lo llamó Martín Rubín. Fue un gran viajero, dotado de un sensacional instinto de actualidad y una mirada de cámara. Sus novelas son ricas en ambientación minuciosa, caracterizaciones contundentes y espléndidos diálogos prácticamente listos para la filmación. Guionista y crítico de cine.

Periodista de grandes sucesos, México y España antes de 1939, las guerras mundiales, las guerras de la Guerra Fría en África, Asía y América, el espionaje internacional, el crimen en La Costa Azul hacía 1980.

Sherry tiene el convencimiento de que la historia íntima privada de Greene está en sus novelas. Fue un tímido terriblemente público, internacional, asiduo de hoteles, palacios y embajadas. El sacerdote español Leopoldo Durán, amigo y compañero de Greene lo recordaba como un hombre de “humor y delicada ironía que, que nunca iba más allá de los labios”.

Entendió que al escritor se le exige instinto y pericia moral para reconocer la deslealtad como virtud en el momento de elegir entre dos irreconciliables opciones de conducta. Enfocó cinematográficamente sus escenarios exóticos para que una sombra invadiera el rostro del héroe, moralmente cansado e invenciblemente solo, degradado, predestinado. Así es Jim Wormold, “Nuestro hombre en La Habana”.

Nuestro Hombre en La Habana

Wormold es un ciudadano británico que vive con su hija Sally en La Habana revolucionaria de los años cincuenta. Vendedor de aspiradoras Phastkleaners. El doctor Hasselbacher,(su amigo), su hija y su ayudante López son todas sus relaciones. Sally es católica, va al colegio al convento, tiene una dama de compañía imaginaria y siempre que quiere conseguir algo reza una novena. Es el amor y la preocupación de su padre por eso acepta convertirse en espía.

Toda la trama de la novela es divertida, entretenida, como antes he dicho, la ambientación, los diálogos, los personajes… son extraordinarios. Se pone de manifiesto la lucha interna del protagonista entre lo que está bien y lo que está mal pero le puede el amor por Sally teniendo que ante todo procurar por su futuro.

Sally, Hasselbacher, Hawthorne, López, el ingeniero Cifuentes, el profesor Luis Sánchez, la secretaria Beatrice, Rudy el ayudante de contable, el Capitán Segura o el buitre rojo, Teresa… Todos forman parte de esta trama ficticia al principio y real al final. No podemos olvidar los escenarios que emplea, el Tropicana, el Club de Campo…Los elementos como el viejo Hillman…

Queda mucho que comentar de este estupendo libro, este breve comentario solo puede servir de preámbulo

Marc Feliu

 

Comentario.- Por Pi

Después de la excelente introducción de Marc Felíu, poco tengo que añadir a la información sobre el autor y la obra, a los que me referiré casi sólo de manera subjetiva, es decir, recurriendo a mis recuerdos e impresiones.

Fui de joven un gran lector de Graham Greene y creo haber leído casi todos sus libros, aunque de ello hace tanto tiempo que apenas me atrevo a creer que los recuerdo. De hecho, releer “Nuestro hombre en La Habana” ha sido casi como leerlo por primera vez, pues sólo vagamente recordaba su trama, pese a haber visto la versión cinematográfica de la novela, dirigida por Carol Reed e interpretada por Alec Guiness.

Greene distinguía en su obra entre “novelas” (novels) y “divertimentos” (entertainments). Las primeras eran las novelas “serias”, que planteaban cuestiones metafísicas, existenciales y a menudo, religiosas, con expresa alusión al catolicismo. Fueron las más famosas en su día: “Brighton, parque de atracciones”, “El poder y la gloria”, “El revés de la trama” o “El final de la aventura” Sospecho que han envejecido desde que las leí, pues el mundo en que fueron concebidas era mucho más “serio” que el actual. No obstante, la espléndida versión cinematográfica de la última de ellas (1999), ahora retitulada “El fin del romance” y protagonizada por Julianne Moore, me pareció que mantenía vigente la novela.

Los divertimentos eran novelas más ligeras, thrillers o de humor, en las que, en apariencia, no se planteaban tales cuestiones. Parece que “Nuestro hombre en La Habana” fue la última de sus obras a la que Greene dio esa etiqueta. En cualquier caso, creo que es una obra típica de los divertimentos de Greene, en los que el humor (grotesco, y por ello bastante moderno) coexiste con una reflexión implícita, o más bien presentada marginalmente, sobre la condición humana.

He encontrado divertida la novela. Si uno acepta las inverosimilitudes de la trama (por más que a veces se ven cosas más absurdas en la realidad), encuentra muy jocosa la sátira de esa burocracia de espías y policías, extrapolable a cualquier otra, cuya característica principal es estar absolutamente en la inopia, es decir, ver el mundo desde un despacho y sin pisar la calle. El pasaje de la combinación de la caja de caudales me hizo reír un buen rato (y aún lo hago cuando me acuerdo: eso del teléfono de la tía abuela…). Pero junto a lo divertido, es visible, aunque siempre en segundo plano, una dimensión “existencial” tanto en la patraña forjada por Wormold como en las relaciones de éste con su hija, con Hasselbacher y, finalmente, con Beatrice.

Esa presentación en “segundo plano” no debe engañarnos, pues es sólo una forma de abordar lo que de veras interesa al autor: desacreditar los ideales, las estadísticas, las siglas que parecen mover al mundo (y de ahí que el mundo resulte tan absurdo y grotesco) a favor de lo único que vale realmente: las relaciones personales, la amistad o el amor. Como dice Beatrice casi al final de la novela: “¿Sería el mundo el desastre que es si fuéramos leales al amor y no a las patrias?”

No es de extrañar que la tragedia (pues ésta es una tragicomedia) sea el resultado de la confrontación entre estas dos lealtades, y es un alivio para el lector comprobar que la muerte de Carter es tan trágica o más que la de Hasselbacher, aunque en apariencia esté más justificada.

Otro punto, éste marginal, que yo destacaría en la novela es el que se suscita cuando el protagonista ve que los personajes que ha sacado de su imaginación empiezan a tener vida (o muerte) real. Me parece una reflexión esbozada sobre la ambigua relación entre la imaginación y la realidad.

El final es congruente. Todos conocemos, en el mundo administrativo, esas prebendas (o “cementerios de elefantes”) otorgadas a ineptos o farsantes cuyo desenmascaramiento sería demasiado penoso para la unidad burocrática de que se trate.

No creo que ésta sea la mejor obra de Graham Greene, pero sí es bastante representativa de una de sus maneras, que pienso que está hoy día más valorada que la otra. Y una buena introducción a su obra para el que no la conozca.

Para mi gusto, sin embargo, lo mejor de Graham Greene no son sus novelas, sino algunos de sus relatos o novelas cortas, como “El ídolo caído”, y sus libros autobiográficos, sobre todo “Una especie de vida” Mucho menos conocidos son sus ensayos, con ediciones en castellano caóticas, escasas y fragmentarias, pero que contienen a menudo puntos de vista muy agudos y notables sobre la literatura (vg. sobre Henry James) y sobre la vida.

Pi




  Comentario.- Por Max

La primera cuestión que abordaré es si la actividad de Graham Greene como agente secreto de los servicios de espionaje británicos, (dato confirmado por su biógrafo oficial Norman Sherry, quien revela que Greene continuó enviando informes a los servicios de espionaje británicos hasta el final de sus días) influyó en su obra literaria. Examinando la obra de Greene vemos que escribió varias novelas cuyos protagonistas formaban parte de los servicios secretos de distintos estados, desarrollándose la acción en puntos calientes de la política internacional y en momentos de máxima tensión:

1) En Cuba “Nuestro hombre en la Habana” ambientada en los últimos años de la dictadura de Batista y el principio del levantamiento de los rebeldes.

2) En Londres en 1939 “El agente confidencial” se trata de un agente (D) que viaja a Londres para comprar carbón para la república española durante la guerra civil, y su contrincante el agente (L) del bando Nacional, cuya misión será abortar la misión de aquel.

3) En Vietnam “El americano impasible”.

Por ello creo que sus colaboraciones con el servicio secreto británico influyeron en gran medida en la obra narrativa del autor, no solo en estas obras, claramente ambientadas en tramas de espionaje, sino en otras en las que siempre están presentes los grandes temas geopolíticos de la post-guerra, la llamada “guerra fría”

El mayor valor que posee esta novela es lo impredecible de las reacciones de sus personajes, el autor nos ofrece una trama en la que no sabes que va a ocurrir en el párrafo siguiente; las situaciones tienen un alto nivel de irrealidad, pero al mismo tiempo son de una lógica aplastante, desde el punto de vista de los intereses de los personajes, lo que hace que esas reacciones sean creíbles. Así, Wormold solo quiere llevar una vida tranquila junto a su hija y volver a Inglaterra cuando ahorre lo suficiente; pero la propensión de Milly (la hija) a lucirse y figurar socialmente, le conduce a aceptar, aunque a regañadientes el trabajo que le ofrecen de espía; lo que le va a permitir satisfacer los caprichos de su hija, y cumplir el sueño de regresar a Inglaterra. Al principio se toma el trabajo de espía como una especie de juego, pero acaba convirtiéndose en un verdadero agente secreto atrapado en sus propias mentiras, a las que el azar acabará dándoles cierto tinte de verosimilitud.

Se trata de una crítica contundente a los servicios de inteligencia y sobre todo al inglés “M16”, y del absurdo de los dos bloques enfrentados Este-Occidente, de la llamada “Guerra Fría”. Lo hace con un gran derroche de imaginación, la idea del agente secreto en La Habana, que se inventa a sus colaboradores y hasta los informes, es magnífica, y no exenta de verosimilitud, pues no descarto que esto haya ocurrido en la vida real en más de una ocasión; no me refiero a que una Central de Inteligencia invente noticias falsas y las haga circular por los medios de comunicación, para despistar al enemigo; pues esto debe ser lo habitual en momentos de gran tensión o gran rivalidad por la hegemonía política-económica mundial, como ocurría en la época de la Guerra Fría; sino a la necesidad de los miembros de los servicios secretos de justificar su trabajo, confeccionando informes en los que, al menos, demuestren que han trabajado, y a falta de hechos relevantes desde el punto de vista de la seguridad e intereses políticos-económicos, se inventan supuestas confabulaciones, o levantamientos en contra de los intereses de su país… Y esto como ocurre en “Nuestro Hombre en La Habana”, se extiende por toda la organización del servicio secreto, hasta a su cúpula.

Puede parecer que se trata de una novela ligera únicamente humorística, de un simple divertimento, pero el autor también aprovecha para expresarnos sus ideas sobre los valores que, según él, realmente importan en la vida:

a) La amistad a la que considera que debe estar por encima de los intereses de estado, así Wormold “supuesto agente secreto británico” mantiene su amistad inquebrantable con el Doctor Hasselbacher “supuesto espía alemán”.

b) La reivindicación de la libertad individual frente al sistema, cualquiera de ellos. Los protagonistas están atrapados en una trama de espías que les hace no saber en quién pueden confiar, pero tienen claras cosas como éstas: "Si amo u odio, quiero amar u odiar como individuo. No voy a ser 59200/5 (su nombre en clave) en la guerra total de nadie".

Creo que es insuperable la descripción de la partida de damas entre el Sr. Wormold y el capitán Segura, en la que aquél se aprovecha de la debilidad de este: su gran vanidad y seguridad en sí mismo, que le impiden dejarse ganar en la partida de damas, aunque el intento de ganarla sabe que va suponer su derrota. La idea de Green de sustituir las fichas de damas por las botellitas de whisky y bourbon es simplemente sublime.

Como en muchas otras obras de Green están presentes sus ideas sobre la religión católica, recordemos que el autor fue un católico por conversión, por la influencia de su primera esposa Dayrrel-Browning, y que la mayoría de sus primeras novelas (Brighton Rock, The Heart of the Matter y The Power and the Glory), son explícitamente católicas, las preocupaciones e intereses de algunos de sus personajes, a veces portavoces del autor. En el caso de Nuestro hombre en La Habana el autor pone de manifiesto la contraposición entre una católica practicante (Milly) y un agnóstico (su padre), y como este último, pese a su falta de creencias, posee unos principios éticos y unos valores más firmes que los de su hija, los de ésta representan ese falso catolicismo de puertas afuera, que consiste en asistir a los oficios, en rezar de modo asiduo, pero solo para pedir que se produzcan los hechos que favorezcan sus propios intereses (poseer vestidos bonitos, joyas, vida social –socia del club de campo-…).

Por último, y pese a mi escaso dominio del idioma inglés, señalo la ironía de autor que se pone de manifiesto en los nombres de los personajes, marcas de las aspiradoras, etc. Por ejemplo:

Señor Wormold.- se compone por las palabras worm (gusano) y old (viejo), es decir “gusano viejo”.

Señor Hawthorner.- Esta palabra, como tal, no la recoge el diccionario inglés, si recoge hawthorn cuyo significado es árbol espino, se trata de un árbol muy alto con grandes espinas; de ahí, puede derivarse la profesión de hawthorner, es decir, el hacedor de árboles grandes con espinas. Recordemos que Hawthorner es el que recluta a los agentes en las Antillas.

Phastkleaners.- (marca de aspiradoras que representa el Sr. Wormold). Esta palabra no existe en inglés, pero fonéticamente suena como Fast + cleaners; es decir, limpiadores rápidos.

Niucleaners.- (marca de aspiradoras que representa el Sr. Carter) tampoco existe en ingles, pero fonéticamente suena como now-cleaners, es decir, nuevos limpiadores.

El bar Sloppy Joe’s.- Dos de las acepciones de sloppy son: poco riguroso y estrafalario; muy acordes con las pintorescas situaciones que se dan en la novela.

En resumidas cuentas una novela divertida, pero con algo más. 

Max 

 


Comentario.- Por MC

Ambientada en La Habana y en la Cuba del dictador Fulgencio Batista esta novela negra de trasfondo político tiene como protagonista a Wormold, un pacífico ciudadano británico que se dedica a vender aspiradoras en la Cuba prerrevolucionaria, se ve reclutado, a su pesar, por los servicios secretos de su país. En un primer momento duda pero la necesidad de conseguir dinero supera a sus escrúpulos y el consejo de un buen amigo – el doctor Hasselbacher- le acaba por decidir. A fin de cuentas si lo que tiene que hacer es contar secretos, se puede limitar a inventárselos y, en ese caso, ¿quién va a saber si es verdad o mentira, si las informaciones que remita van a ser “secretas”? : “…Acepte su dinero pero no les dé nada a cambio… limítese a mentir y conserve su libertad”. Así el protagonista irá urdiendo una farsa que acabará por convertirse en una siniestra realidad.

Esta novela no es la típica historia de espías, es más bien una parodia, con unos protagonistas que tienen poco de enigmáticos agentes secretos, dibujados como seres desquiciados que viven situaciones absurdas y que se ven sorprendidos –y atrapados contra su voluntad- por un sistema igualmente absurdo.

Tras la aparente simplicidad de la trama, la crítica de fondo es absolutamente brutal y muy actual. La novela pone al descubierto los resortes últimos del comportamiento humano y trata de señalar como se pueden generar y promover conflictos internacionales basados en mentiras, falsos testimonios, bulos… que nadie cuestiona. Reflexiona con ironía sobre los vínculos entre política, realidad y ficción.

El protagonista deja claro que no cree en patrias ni banderas “un país es más una familia que un sistema parlamentario”. Y se salva, precisamente, por no tomarse los acontecimientos demasiado en serio. Pese a todo “…nunca estará lo suficientemente loco”.

La novela fue llevada al cine en 1959, dirigida por Carol Reed y con guion del propio Graham Green. Del mismo director y del propio autor ya se habían llevado al cine El ídolo caído (1948), y El tercer hombre (1949), que directamente fue escrito como guion, y sólo después de la excelente película (considerada como una de las mejores de todos los tiempos) lo publicó como novela corta. Una parte importante de su popularidad se debe a que la mayoría de sus libros han sido adaptados al cine.

Con Fidel Castro en el poder parece que, tras leerse el guion, no puso demasiadas objeciones al rodaje porque creyó que podía interpretarse como una crítica al viejo sistema del depuesto Batista aunque posteriormente fue objeto de crítica por no retratar con suficiente “brutalidad” el régimen anterior.

García Márquez dijo de la novela : “ es una mirada fugaz, pero de una ironía amarga, sobre el burdel turístico del general Fulgencio Batista”. En el epílogo que el autor colombiano escribió en la novela de Greene Descubriendo al general destaca la calidad literaria del británico y le agradece algunas lecciones: “El me enseñó una manera de ver el Caribe. Me enseñó a lograr que hiciera calor en los libros”.

MC

 

Parodias y Comentarios.- Por Pi

Al leer lo que dice nuestro amigo Max sobre la continuada actividad de Greene en el espionaje británico, me he preguntado si sus informes no serían, también, una parte de su ficción novelesca, nunca publicada… En tal caso, habría algo de autobiográfico en esta novela.

Pero siendo serios (¿serios?) la novela, como bien dice M.C. es una parodia. Pero una parodia que a mí me hace pensar que el autor considera que es, casi, la esencia de la vida, que nuestra actuación en el mundo es casi siempre una parodia, una especie de mentira más o menos convencional y que basta llevarla un poco más lejos para que parezca ficción… sin dejar de ser verdadera.

¿Es una novedad decir que el hombre representa siempre un personaje? ¿Y que ese personaje es distinto según en qué ambiente se mueva? Yo creo que no. Incluso etimológicamente la palabra “persona” viene de la máscara que utilizaban los actores en el teatro griego. Cierto que se puede representar con “sinceridad” y que hasta el guión puede ser de confección propia, inspirado en los sentimientos o pensamientos más profundos y auténticos que uno tiene. Pero hasta qué punto esto ocurre siempre o en una minoría de ocasiones es algo que ni nosotros mismos sabemos, pues estamos educados desde pequeños para decir “lo que toca”, esto es, a rechazar los caramelos que nos ofrecen, a disculparnos con falsas excusas para no desairar a quien nos invita, etc. Y, por otro lado, es una suerte que la educación nos impida decir a algunas personas lo que en ese momento (que puede ser de irritación) pensamos de ellas.

La vida es un teatro, y los actores son mejores o peores. El teatro no es, siempre, una parodia, por supuesto, pero sí el género del que la parodia forma parte. Y la parodia, como la caricatura sólo acentúa los rasgos salientes, deformantes, si se quiere, de aquello que constituye nuestra actuación habitual. No difiere en esencia.

Hay cosas que no son parodia en la novela, por otro lado. Cosas que hasta el propio Wormold toma en serio. O más bien, personas y relaciones con las mismas. Sus relaciones con Hasselbacher, con Milly y con Beatrice están exentas de parodia. Y son relaciones de amor, en sus diversas formas (amistad, amor paternal, amor conyugal o de pareja). La parodia es todo lo demás, una mentira convencional tal vez imprescindible para la vida en sociedad, pero en el fondo despreciable.

Por cierto que en lo que respecta a la utilización de nombres simbólicos, añadiré uno que se ha dejado Max: Beatrice es el nombre de la guía del Dante por el Infierno y que le conduce al Paraíso.

A cuento de lo que dice Max de la contraposición entre la actitud de Milly y la de Wormold respecto al catolicismo, un breve comentario.

Hace muchos (pero muchos) años que dejé de lado a Graham Greene y desconozco su evolución religiosa y su vida (irregular) posterior, de la que sólo algún fragmento me ha llegado. Pero, al menos en esta novela, la postura de Greene, sigue siendo tan cristiana como en Brighton Rock, aunque no sea católica-convencional. Lo que acerca a Wormold a ser un cristiano (lo sepa o no él mismo) es que es un testigo (existencial) del amor y que fracasa, al menos parcialmente, como tal. Porque el Cristianismo es una revelación del amor (o del Amor) y tiene, yo creo que esencialmente, carácter paradójico. Algo que es patente en el Evangelio (“los últimos serán los primeros”, “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”, “no he venido a salvar a los justos sino a los pecadores” etc.). Que ésta es la tónica de Greene lo muestra el título de otra de sus novelas: “El que pierde, gana”. Lo demás es teatro, o, si lo preferís, parodia.

Por lo demás, el carácter paródico de esta y otras novelas de Greene se acomoda mejor al estilo moderno, a la concepción del mundo que tiene la literatura moderna, lo que explica que haya envejecido mucho menos que sus novelas “serias”. 

Pi 

 

 Cierre.- Por Marc Feliu

Greene escribió 24 novelas y otros 54 libros: libros de viaje, relatos autobiográficos, guiones de cine, ensayo, críticas, obras de teatro, relatos cortos. Vendió en vida en torno a 24 millones de ejemplares de sus libros. Se consideraba entre los buenos pero no entre los grandes novelistas contemporáneos. La literatura para él era un medio para escapar de la monotonía y de la mediocridad.

Si Pi se rió con el pasaje de la caja fuerte y el número de la combinación que era el teléfono de la tía abuela; yo me divertí mucho con Sally cuando va de compras y vuelve con la silla de montar y otros artilugios de equitación. El padre sin osar entrar en conversación hasta que no queda más remedio en la cena y Sally le confirma que el caballo también lo ha comprado pero claro lo tiene guardado porque no lo podía entrar en casa y claro no tenía dinero pero no pasa nada porque tenía tarjeta de crédito.

Esto como dice MC es una parodia de un hecho en este caso (como toda la novela) que en otro contexto puede ser hasta dramático. Pero Greene estudiaba las obras y premeditaba muy bien su contenido, los hechos, los personajes… Todo tiene un sentido; los nombres de cada uno de los personajes tiene un significado, los nombres de los modelos de aspiradoras…, como bien señala Max nada está escrito al azar, perfectamente construida, con gran sentido de la acción y de las situaciones. Greene fue en palabras del escritor británico William Golding el cronista de la ansiedad y la conciencia moral del siglo XX, un siglo en el que los criterios del bien y del mal naufragarían, clamorosamente, en la ambigüedad y el relativismo. A Sally le encanta comprar como a una grandísima parte de la sociedad actual, heredera del siglo XX; la compra conpulsiva para sentirse feliz.

Marc Feliu

 

Algo más sobre Nuestro hombre en La Habana.- Por Max

Los tres contertulios habéis coincidido en señalar que “Nuestro hombre en la Habana” es una parodia, en palabras de Pi: “Pero una parodia que a mí me hace pensar que el autor considera que es, casi, la esencia de la vida, que nuestra actuación en el mundo es casi siempre una parodia, una especie de mentira más o menos convencional y que basta llevarla un poco más lejos para que parezca ficción… sin dejar de ser verdadera”.

Se trata pues de una crítica simplificada y sarcástica del mundo de los servicios de inteligencia. Ciertamente en la vida real todos representamos una serie de papeles en los distintos roles en los que nos desenvolvemos: como profesionales más o menos cualificados en nuestro trabajo, como padres/madres, como integrantes de una pareja de convivencia, como hijos/hijas, como integrantes de un grupo de amigos que participan en actividades lúdica y/o culturales (fiesta, deporte, senderismo, creencia religiosa, etc). Nuestra forma de comportarnos no es la misma en cada uno de estos roles, y ello, en muchos casos, no depende de nuestra voluntad, sino del modo en que nos tratan las personas con las que interactuamos; así nuestro modo de actuar no es el mismo en el trabajo, en casa, en una reunión de amigos que están de fiesta, o con los miembros de una comunidad religiosa (si formamos parte de alguna religión).

Ya tuvimos ocasión de leer y comentar una novela que presenta bastantes similitudes con esta de Greene, se trata de “Las mascaras furtivas” del español Aquilino Duque, salvando las diferencias geográficas, pues la acción de esta última se desarrolla en una pequeña población italiana Fratta Romana, al final de la II guerra mundial, y fundamentalmente en nuestra Sevilla de la postguerra mundial. También los espías de Duque son absolutamente disparatados, así como las misiones que deben llevar a cabo. igualmente en esta novela hay una clara alusión al teatro (incluso en su título) y a la representación de distintos papeles por las personas en la vida real; el ejemplo más claro es el del espía inglés Pinp (Director del British Council, de reciente inauguración en Sevilla) que representa ese doble papel como director de la institución y como agente del M16; Pinp Mayfair en su juventud fue aficionado al teatro pero no llego a destacar en dicha profesión, y un compañero de estudios lo persuadió para que la representación teatral la llevase a cabo en la vida real, es decir, que escenificase en su vida real varias vidas distintas, pues la vida real se puede comparar a una obra teatral con un guión más o menos predeterminado: “Si él actor lleva una máscara que puede cambiarla según le convenga, todos los demás actores o interlocutores también pueden llevar la suya”.

Remarcar que pese al tono general de parodia de la obra, el autor defiende los valores que para él realmente tienen importancia como el de “la amistad”. En este sentido, cuando Wormold decide acabar con la vida de Carter, hace la siguiente reflexión: “No lo mataría por mi país, ni por el capitalismo, ni por el comunismo, ni por la socialdemocracia, ni por el estado benefactor, sino que mataría a Carter porque ha asesinado a Hasselbacher. Una venganza familiar había sido mejor razón para un asesinato que el patriotismo o la preferencia de un sistema económico en lugar de otro…”

Por último siento disentir con Pi en la afirmación de que lo que acerca a Wormold a ser un cristiano (lo sepa o no él mismo) es ser un testigo del amor y que fracasa, al menos parcialmente, como tal. Pienso que este personaje, en modo alguno ha fracasado, en cuanto, a sus relaciones de amor con las personas más cercanas; y el propio Pi lo admite en el mismo comentario al afirmar que: “Sus relaciones con Hasselbacher, con Milly y con Beatrice están exentas de parodia. Y son relaciones de amor, en sus diversas formas (amistad, amor paternal, amor conyugal o de pareja).

Pienso que todas las opciones respecto de la religión son válidas, tan válida es la posición de un agnóstico, como la de un ateo, como la de un convencido cristiano, musulmán, hinduista, budista, etc. El hombre nace inocente, siendo después la sociedad en la que vive, la que va conformando su modo de comportarse en la vida (le inculca lo que está bien y lo que está mal); todas las culturas y sociedades poseen una serie de valores, necesarios para la vida en común; dichos valores están influenciados, entre otras fuentes por la religión que impera en esa sociedad concreta; pero esta es solo una parte de todo el acervo cultural de dicha sociedad.

No hemos de hacer creer a todo el mundo que nacemos con la mácula de un pecado, y que solo podemos liberarnos de ese pecado, el cual no sabemos porque razón hemos heredado, mediante la religión. Una persona puede ser atea de convicción y poseer unos valores de: honradez, solidaridad, justicia, etc, mucho más elevados que el más ferviente practicante de cualquiera de las religiones homologadas que actualmente existen en el mundo; y no por ello hemos de llegar a la conclusión de que se trata de un cristiano, o de un musulmán, o de un budista, pero lo que ocurre es que él no lo sabe.

Max


jueves, 7 de septiembre de 2017

El mismo mar de todos los veranos.- Esther Tusquets


Sin esperar más.- Por Pi

Esto no es, todavía, un comentario a la novela de Esther Tusquets. Es meramente un excursus personal a propósito de lo que he leído de la misma, algo más de la mitad.

He pensado siempre –aunque empiezo a revisar mi postura –que entre el hombre y la mujer no había más que una pequeña diferencia, aunque podría suscribir lo que dijo aquél anónimo diputado francés: ¡Vive la difference!

Pero tras leer a la Tusquets -y tras estar oyendo y leyendo a mozas de toda edad y pelaje durante meses o años recientes- ya no estoy tan seguro. Y no es que no haya constatado siempre la existencia de una manera femenina –una perspectiva, diríamos- de ver las cosas -que eso sí lo había percibido- sino que nunca me había dado cuenta de que las cosas, vistas a la femenina, resultan ser distintas. Peor aún, empiezo a creer que el corazón –por usar el término convencional, podría ser el hígado- femenino difiere en su sustancia de lo que uno creía era el corazón humano -entendiendo por tal el corazón común del género humano. Y lo de género, con perdón.

¿Se me entiende? No me extraña. Yo mismo no entiendo gran cosa. No entiendo lo que tiene que ver la homofobia –sí, ya sé que “homofobia” no es odio al hombre, aunque lo parezca- con la tomatina de Buñol, por ejemplo. Y si –supuesto el inverosímil caso- me gustara a mí restregarme de tomates en la Hoya de Ídem, en lo último en que pensaría es en si me iban a tocar las señoras –o los señores, que uno ya se hace a todo- y abusar -presuntamente- de mi inexistente –aunque también presunta- inocencia y buen gusto.

¿Que qué tiene que ver esto con la Tusquets? Pues esa es la cosa: poco –o nada-, pero se me viene a la cabeza al leerla. Y me digo –es un decir, claro- digo, ¿estaré ya fuera del mundo real, majareta, alelado, con deterioro cognitivo o como queráis decir? Así que he pensado: voy a plantear la cosa a mis compañeros de tertulia, y que me saquen de dudas. Que si no estoy en condiciones, que me quiten y que pongan a otro –mejor, a otra- que seguro que lo verá más claro, lo entenderá todo, lo explicará bien, sintonizará, empatizará, etc.

O, que si así lo tienen a bien, me sugieran el camino, la clave –de sol o de fa- para abordar mi comentario. Que yo por el momento, aunque me esfuerzo en ser incisivo –ya habréis visto que tal vez abuso del inciso, pero es que todo se pega- no doy la talla.

Y en el peor caso, que tengáis paciencia, que estoy leyendo el libro a pequeñas dosis –las únicas que asimilo- y que el comentario se demorará un tanto. Paciencia. Mientras, podéis entreteneros con el mar de fondo que agita ahora mismo a Barcelona, que digo yo que no es el de todos los veranos…

Pi

 

Ni sí ni no (sino todo lo contrario). Por Pi

Me gusta/no me gusta

Reducir el análisis de una obra literaria (o en general artística) al me gusta/no me gusta implica considerar que la única función de la literatura es distractiva o productora de ese superficial placer que llamamos “gusto”. Y nuestra relación con el arte debería ser algo más profunda, sin dejar por lo demás de sentir, en la epidermis, el gusto o disgusto que una obra nos produce.

Aún es peor, porque supone que el gusto o el disgusto es algo unívoco, cuando lo habitual es que una cosa nos guste y nos disguste a la vez, que coexistan sensaciones divergentes al apreciar algo, y como no podemos cuantificar en qué medida nos gusta o no, sólo podemos resumir una especie de “sentir general” o predominante, a menudo influido por circunstancias externas muy diversas (el humor de uno al leer, las condiciones en que se lee, nuestros prejuicios, etc.)

Alguna vez he repetido ya la frase de Nabokov según la cual las obras maestras no se leen, sino que se releen. Dejad de lado lo de “maestras” (que es un juicio a posteriori para el que lee por primera vez) y lo que quiere decir esto es que las obras de cierto valor precisan de una segunda lectura, y que sólo en ésta se aprecian las cosas en su verdadero valor.

Esto tiene algo que ver con eso que se podría pensar que es una odiosa manía de los escritores modernos: la de poner dificultades al lector mediante formas de composición complejas, incluyendo los “flujos de pensamiento” (es decir, párrafos de longitud indeterminada, pero nunca breve, sin puntos y a veces ni comas), el desorden cronológico y otras maldades. Naturalmente, estos procedimientos responden a muchas motivaciones, pero una de ellas es a distanciar al lector del gusto superficial (la amenidad, la emoción fácil, el sentimentalismo, etc.) y hacerle penetrar en ámbitos más profundos, lo que sólo se logra con cierto esfuerzo, y que a menudo requieren una segunda lectura, aunque sólo sea porque uno no se ha enterado de nada en la primera. El abuso de estas fórmulas, es cierto, puede alejar de la literatura a mucha gente, pero un uso moderado parece preciso para evitar caer en la facilidad del best-seller, cuyas 700 páginas uno lee las sin esfuerzo alguno (más allá del de sostener el mamotreto).

Sirva todo esto de introducción al análisis del libro de Esther Tusquets que voy a hacer separando la forma y el fondo de la obra. Pero antes una breve semblanza de la autora.

Esther Tusquets (1936-2012)

De buena familia catalana, con mucha pasta, según ella misma, se dedicó desde joven a la edición un poco por casualidad. Contra lo que se puede creer, la suya no fue la editorial Tusquets, sino Lumen.

Este es su primer libro, una novela a la que luego seguirían otras dos que conforman con ella una trilogía: El amor es un juego solitario (1979) y Varada tras el último naufragio (1980). Además de otras novelas y ensayos, escribió varios libros de memorias o autobiográficos, como Confesiones de una editora poco mentirosa (2005), Habíamos ganado la guerra (2007) y Confesiones de una vieja dama indigna (2009).

La forma

Trataré de ser breve: No hace falta subrayar tras mi exabrupto del otro día que, al menos al principio, me resultó molesto el sistema de “segmentos” o párrafos largos de monólogo interior sin puntos y aparte y sólo algún rarísimo punto y seguido. Más molesto todavía me pareció el abuso de los incisos, a veces de enorme longitud (había uno de una página entera) y numerosos, casi siempre seis o siete por página. Traté de leer omitiendo lo que estaba dentro de los incisos, pero a veces ni yo mismo sabía si estaba dentro o fuera, por la profusión de los párrafos incluidos entre guiones ya que, a diferencia de los paréntesis, no es siempre fácil distinguir si se ha acabado el anterior o se empieza otro. Si a eso unimos una cierta pedantería de la autora, con citas cultas no siempre explícitas, creo que es suficiente para calificar la forma de enredada.

Reconozco que incurro en algunos de estos defectos, pero no hay cosa que más moleste que ver en otro tus propios defectos.

Ahora bien, antes de entrar en valoraciones, convendría plantearse el por qué de este estilo “enredado”. A decir verdad, los segmentos de monólogo (o diálogo) interior no son largos en exceso, no superan nunca las diez páginas y a menudo se quedan en cinco o seis. Comparad con “Crematorio”, por ejemplo. En cuanto a los incisos, dan la impresión de una persona que divaga y vacila, es decir, introduce mediante las frases entre guiones enmiendas parciales o matices a lo que está diciendo en el discurso principal. Yo sigo creyendo que sobran muchos, pero hay que entender que dan al que lee una imagen poco sólida de la persona que habla, y además marean al lector como para transmitirle la sensación de inseguridad de la protagonista. Si le sigues el juego, cosa que no he hecho siempre, caes en la cuenta de su inestabilidad emocional.

Y añadamos que, aunque no me guste el barroco, el estilo de la autora es bueno. Su prosa está muy elaborada y su trabajo de introspección, así como algunos de sus retratos (el de la madre glamourosa, por ejemplo) son muy buenos.

¿Que no se puede leer de corrido? ¿Que hay que deglutirla en pequeñas dosis? Decídmelo a mí, que he precisado para leerla varios días más de los que había previsto. Pero eso no es tanto un defecto como un efecto buscado deliberadamente y que coopera a producir en el lector una impresión más contundente, obligándole a atender al texto. Por lo demás, en sus “Confesiones de una editora”, la autora, paladinamente, reconoce que “mis novelas son duras de leer, pesadas, demasiado difíciles para que pueda identificarse con ellas un lector poco paciente o avezado”. Pues eso.

El fondo

Con esas premisas, es decir, autora que escribe con deliberación, planeando lo que quiere decir y cómo quiere decirlo, buscando producir impresión en el lector, y a ser posible respeto, si no admiración, en los lectores más cualificados, entremos a analizar el fondo de la obra.

Autobiográfica, sin duda. Pero ¿en qué medida? Antes de pasar del asunto despreciando el lado chismoso de todo lo “biográfico”, citaré lo que decía la autora en una entrevista a El País (2-VII-1978) cuando se publicó: “Las partes realmente más biográficas son las que no lo parecen… Hay una historia amorosa que todo el mundo piensa que ha ocurrido y no, es artificial en el sentido de no vivida por mí. En cambio, otras que parecen inventadas –ciertos pasajes del personaje con su marido- responden a experiencias reales” Y luego añade:

“Lo que sí es cierto es que en la novela estoy muy yo (sic). Con la protagonista coincido en cosas, pero ella funciona de una manera algo distinta a como yo lo haría”

También voy a descartar cuestiones incidentales (o que yo considero incidentales) pero que dan para sesudos ensayos, como la del lesbianismo. He leído que es la primera novela escrita en español sobre el lesbianismo, cosa que dudo, pero que no me he molestado en averiguar, porque no me parece que eso sea ni un mérito ni un demérito. Es como si uno escribe la primera novela sobre el cultivo de la alcachofa, un probable tostón por mucho que sea la primera (y por mucho que nos gusten las alcachofas).

Cuestión distinta, aunque relacionada, es que se trate de una novela erótica. De tal la ha calificado la crítica, y no hay nada que objetar a la etiqueta. Pero lo que predomina en ella, más que otra cosa, es el enfoque femenino, hasta feminista, que la hace un tanto pionera de muchas cosas que luego han venido (y no sólo en la literatura) y de las que, probablemente no tiene mucha culpa la autora.

Ahora toca matizar un poco. La autora no cae apenas en los clichés del género, endulza el erotismo con una dosis no sé si de poesía, pero al menos de elegancia, y no ignora, me parece, la naturaleza del amor, como resulta de esa página en que habla de los amores de la sirena con el príncipe, cuando dice que “lo peor y más triste es descubrir que el príncipe encantador … es también el más vulgar de los príncipes” y aún (otra vuelta de tuerca) que lo más terrible para la ondina no es “el hecho de haber perdido a Hans sino que él se haya perdido a sí mismo”

Pero si en algún momento llega a eso, en otros muchos se expresa en términos de mujer diferenciada del hombre (género) al que desprecia. Caracterizar al abuelo de la protagonista como un buey (“una bestia torpe que nada podía entender de sus anhelos”), presentar a su marido, Julio, como lo hace en las páginas finales son sólo ejemplos concretos de una actitud “separatista” de los sexos, centrada precisamente en lo sexual.

Decía Simone de Beauvoir (“El segundo sexo”), ilustre feminista, que “la sexualidad no nos ha parecido nunca lo que define un destino, sino lo que expresa la totalidad de una situación que contribuye a definir”

Y, sin embargo, la visión que da la autora en esta novela, y mucho más la visión vulgar que hoy predomina es casi justo lo contrario, la sexualidad (femenina o masculina) define más que expresa. El rechazo (por no decir odio) del otro sexo es una actitud claramente definitoria, delimitadora. Pero también mezquina y superficial. Como el creer que las únicas relaciones personales son las sexuales. Porque tienden a reducir a la persona a sólo una de sus formas de expresión. No hay identidad de género (sexo, en castellano), sino personal, en la que el sexo es una más entre muchos componentes.

Aunque sería injusto acusar a la obra de sostener esta visión, que está bastante matizada a lo largo de su texto, aparece aquí y allá y uno sospecha que subyace en el fondo, aunque sea latente. En este punto, desde luego, discrepo.

Pi

 

Comentario.- Por Marc Feliu
 

Es un libro de sensaciones, de emociones, de sentimientos, de tristezas, de una vida vacía llena de comodidades, de una búsqueda de culpas y de culpables.

El libro se edita en 1978, en plena transición, se acababa de salir de la dictadura franquista. Sobresale por el tratamiento que hace en este momento del goce sexual femenino, de la experiencia lésbica. Trata sobre las relaciones lesbianas con una franqueza avanzada e insólita en el momento del que hablamos. Aborda el deseo sexual, la sensualidad, el placer y los comportamientos amorosos.

Todo el libro tiene una percepción lésbica, a todos los personajes femeninos se les describe teniendo en cuenta su diferencia con los hombres, sobre todo la protagonista define los pechos, los pechos de su amiga Maite, los pechos blancos de su madre, los pechos de Clara, los pechos apretados en el corsé de las tres vecinas, los pechos de las amigas de la fiesta a la cual asiste Clara también. Desde su infancia es diferente, se siente diferente. Su madre se empeña en llevarla a modistas, a conducirla en la clase a la cual pertenecen, profesores… y nada surte efecto.

Es un libro complicado. No por las descripciones eróticas sino por la complejidad que todo conlleva.

El primer argumento es la relación con la madre. Nunca la protagonista está a la altura de las expectativas de la madre. Se establece una relación para siempre de amor o no amor.

Después, la imagen de Jorge, todo su futuro, todo su amor, todo su porvenir, su desvinculación con la clase que la había hecho sentir tan infeliz y desaparece culpándolo de su destino.

El rechazo a la clase a la cual pertenece y en la que nunca deja de estar.

La relación de veintisiete días con Clara. Una alumna colombiana a la cual pretende.

El padre, Sofía, la madre, la fiesta de verano y las flores de porcelana en manos de Sofía. La permisibilidad moral para hombres por supuesto y también para mujeres de las clases altas.

Clara, una alumna colombiana casi adolescente a la cual pretende.

Y Guiomar. Todo el libro me quedé esperando que la protagonista hablara de Guiomar (su hija). Solo cuando lleva a Clara a la cama del cuarto de los niños en la casa de la abuela explica que es superior el amor por Clara que el que pudo sentir al llevar a Guiomar a la cuna. Además de nombrarla es la única expresión que le dedica.

Y por último el regreso con Julio. La aceptación de su muerte cómoda.

Utiliza un estilo literario elegante y complejo ayudándose de la mitología griega, de los cuentos infantiles y de la literatura clásica. Realiza a través del libro un viaje introspectivo a veces sola y otras veces contando a Clara su vida desde la infancia hasta la edad actual o adulta.

Tal vez el elemento más importante que utiliza es el MAR. El mar que va y viene. Las plantas (las buganvillas de casa de la abuela, las rosas que le regalaba Julio, las orquídeas y los narcisos que ocultaba que tanto le gustaban), los elementos que perduran como los muebles de la casa de sus padres y la de su abuela… el espejo…

Marc Feliu

 

Comentario.- Por M C

No voy a entrar a discutir la introducción de Pi “Me gusta/no me gusta” pero tengo que reconocer que cada vez me dejo llevar más por el Me gusta por considerar la lectura como una actividad básicamente lúdica. Si llego a la página 20 sin haberle cogido el punto me resulta difícil seguir. Antes me esforzaba y me obligaba pero actualmente no me produce problema de conciencia alguno dejar sin acabar un libro. En este caso el libro de Tusquets no me ha costado tanto leerlo -que también- sino comentarlo. Me ha dado mucha pereza y me doy cuenta que cuando han pasado muchos años de una lectura que deslumbró o dejó buen recuerdo el tiempo, sobre todo el que ha pasado por mí, desbarata esas sensaciones.

Leí El mismo mar de todos los veranos en su primera edición de 1978 y sé que me gustó, y que descubrí a una mujer escritora que en aquél momento fue considerada una de las revelaciones de la época, con un castellano “suntuoso” y eficaz (curioso que en las “periferias” se utilice tan bien el lenguaje).

Siempre se pone de relieve, en los comentarios sobre esta obra, la valentía o el atrevimiento de hablar sobre lesbianismo. A mí tanto en la primera como en esta última lectura no me ha parecido relevante. El calificarla de novela erótica también me parece exagerado como considerarla una novela a-moral (¿en relación con qué moral?).

Me resulta más interesante la relación conflictiva de la protagonista con su madre, personaje clave en la novela, mezclando sentimientos de admiración con el resentimiento hacia ella, -hay precisamente una referencia a Carta al padre de Kafka que alude al continuo reproche de la protagonista a la madre. Estos sentimientos los expresa con ironía, mordacidad “parodiando personajes e historias míticas y de cuentos de hada” y, a modo de cuentos, es como va reconstruyendo la historia de su vida que narra a su interlocutora, Clara, su amante y “su hija”, “su muñeca vestida de azul”.

Al final prevalece la realidad sobre las ilusiones La búsqueda de la felicidad casi siempre fracasa.”… Y Wendy creció “.

Sobre la reflexión final de Pi, al que se le nota un afán importante de polemizar, no voy a entrar. A estas alturas que cada uno se quede con su opinión y sus discrepancias, además de que sería más entretenido en una tertulia presencial.

M C

 

Comentario.- Por Max.


“El mismo mar de todos los veranos” es un monólogo en el que la innombrada protagonista/narradora, con motivo de la enésima aventura de su marido (Jaime), con una supuesta, atractiva y rubia actriz, va evocando su vida sentimental. Decide regresar a la casa materna, que es como regresar a la matriz, y ello le sirve para tratar el tema de la relación madre e hija, una relación en la que se mezcla la admiración y adoración a la madre con la alienación y el resentimiento hacia ella.


Evoca continuamente los tiempos de su infancia y sobretodo de su juventud en la que sostuvo una lucha constante para escapar del control de esa madre a la que considera una madrasta no un verdadera madre, habla de ella como –diosa y reina- la compara sarcásticamente con la madrastra de Blacanieves; asimismo habla de ella como “La Atenea tonate”, y como la “mama Juno” –esposa de Júpiter-. La considera una madre indiferente que no participa en el proceso de maduración de su hija.


El desencanto se encuentra presente desde las primeras líneas de la novela, la protagonista es un especimen rara dentro de su familia (perteneciente a la burguesía catalana) tanto desde el punto de vista físico como psicológico, ella desde el primer momento no posee las cualidades de los de su clase, ni tiene los mismos anhelos de grandeza. En varios pasajes de la novela crítica abiertamente esa sociedad burguesa a la que califica de “enanos”, así cuando habla del teatro en el que todos tienen su sitio reservado, afirma que lo único que les importe es hacer vida social, figurar, son capaces de abandonar una obra nada más empezada, pues lo que menos les importa realmente es “la cultura”.

El desencanto por la sociedad en tal que llega a afirmar que “lo único real son los juegos de la infancia, luego pasada la adolescencia todo es una farsa”.

La protagonista no admite con naturalidad el paso del tiempo, ese hecho le produce un gran desasosiego, la vuelta a la universidad para dar unas clases le hace evocar el ambiente de su juventud.

Emite el continuo mensaje de que el amor puro y verdadero es un sueño irrealizable, en el que siempre traicionamos o nos traicionan. Todas las referencias mitológicas que efectúa se refieren a historias de amor con final infeliz, en el que las enamoradas no consigue nunca su objetivo o dicha, compartir la vida con el ser amado: Ariadna abandonada por Teseo en la isla de Naxos, Isolda enamorada perdidamente de Tristán y obligada a casarse con el rey Mark, la cual falleció de tristeza al comprobar que su amado había fallecido en la Bretaña donde acudía para socorrerle.

En cuanto el estilo es bastante caótico, inexistencia de capítulos, vuelta recurrente a los mismos temas, utilización de párrafos interminables, sin puntos y aparte, en los que va mezclando la narración-confesión con otras reflexiones paralelas, que hacen difícil seguir el hilo de lo que nos está contando. Con todo el lenguaje está muy cuidado y en muchas ocasiones alcanza grandes dosis de lirismo.

En mi opinión existe un abuso a las citas mitológicas, literarias y culturales, que en muchos casos se entienden, pero que en otros no se llega a descifrar su sentido. Así en el tramo 4º (Página 46) al hablar del modo en que siguen estudiando los alumnos de primero de historia del arte en la universidad, hace la siguiente reflexión “–Vézelay fuisteis a Castelldefels y entonces qué te dijo, nada siglo trece me dijo que no podía ser-“ Vézelay es una localidad de la Borgoña francesa que tuvo esplendor en la Edad Media, en la que fue construida una abadía denominada Santa María Magdalena de Vézelay en el siglo XII, que es considerada la obra maestra del románico de dicho siglo; Castelldefels también poseyó en el siglo XII un monasterio denominado Santa María; pero más allá de esta coincidencia no encuentro sentido alguno a la reflexión.

  Max

 

Tertulias y Velatorios.- Por Pi 

Con el permiso de mis contertulios, voy a cerrar el ciclo de comentarios sobre la novela de Esther Tusquets no tratando de hacer una síntesis de los comentarios de la novela sino con algunos esbozos.

Y no voy a hacerlo, porque en buena medida algunos de los comentarios ya resumen la novela, desde su perspectiva, por descontado, y me parece reiterativo volver a resumirla aunque sea con otros parámetros.

Para empezar por la superficie, diré, por si no quedaba claro, que la novela no me ha gustado. Y si dijera que no nos ha gustado, creo que tampoco me equivocaría. No voy a repetir lo que dije en mi comentario sobre el “gustar”, pero añadiré en cambio que la autora me ha interesado bastante y he disfrutado (aquí sí) de sus libros de memorias, en especial de las “Confesiones de una editora” (el otro libro habla más de su vida personal y me ha interesado menos).

Aunque creo que es un síntoma de decadencia (¿vejez?) eso de guiarnos por lo que nos gusta, creo que hay suficientes autores interesantes que se pueden disfrutar a todos los niveles, y deberíamos esforzarnos al seleccionar los libros en buscar esos que pensemos que, además de tener cierta “miga”, nos van a gustar. Sin ir más lejos, el libro de Greene que vamos a comentar a continuación es un ejemplo.

Volviendo al libro de la Tusquets, todos, de una manera u otra, hemos subrayado como uno de los temas relevantes del mismo la relación de la narradora con su madre. Os diré que en sus “confesiones”, cuenta la autora que le dio a leer el libro a su madre, y temía que se lo tomara a mal. Pero no. Incluso fue a la fiesta que dio su hija para celebrarlo… vestida de “madre glamourosa”

Ciertamente, y en eso conviene la autora, no es un libro fácil. Quizá podría haberse aligerado un poco la tarea al lector sin mucho detrimento en la calidad, no lo sé, pero hay que tomarlo como es…o escribir otro a nuestro gusto.

Por lo demás, dejando de lado el libro en sí, las cuestiones que saca a relucir me parecían a mí muy tertuliables. Yo no he advertido en mis comentarios un “afán importante” de polémica, pero no voy a negar que esa es mi actitud general en la tertulia. Porque siempre he creído que la polémica (según la RAE, discusión o controversia) es susceptible de hacer luz en los asuntos, de convencer o convencerse por lo que dice el otro, y que ésa es una forma de enriquecer nuestro conocimiento, comprensión o sensibilidad, o cuando menos de ampliar nuestra mente, dando cabida, aunque sea a beneficio de inventario, a las opiniones de los demás. Que interesan tanto como las propias, al menos a mí.

De lo contrario, derivaremos en velatorio, esto es, en decir sólo trivialidades convencionales que no ofenden a nadie (si exceptuamos a la inteligencia), en tono pausado, voz bajita, y con largos intervalos de silencio por en medio. Muy educado, tal vez, pero aburrido, soso y moribundo.

Pi