martes, 27 de junio de 2017

El cuarto de atrás.- Carmen Martín Gaite


El cuarto de atrás (Carmen Martín Gaite).- Por Max

Carmen Martín Gaite nació en Salamanca el 8 de noviembre de 1925, hija de José Martín López que ejercía de notario en dicha ciudad y María Gaite Veloso –nacida en Orense-. El desencadenamiento de la guerra civil cuando contaba con 9 años, le impidió estudiar el bachiller en Madrid, como habían previsto sus padres; posteriormente cursó todos sus estudios en Salamanca hasta licenciarse en Filosofía y Letras por la universidad de dicha ciudad; hasta 1948 no se traslada a Madrid, donde a través de Ignacio Aldecoa que había conocido en su primer curso en la Universidad de Salamanca, se introduce en el circulo literario de algunos de los componentes de la llamada generación del 50: Alfonso Sastre, Jesús Fernández, Rafael Sánchez Ferlosio (con el que después contrajo matrimonio) y Josefina Rodríguez Alvarez. Estos escritores junto con otros como: Camilo José Cela, Miguel Delibes, Juan Goytisolo, Ana Mª Matute, Fernández Santos, García Hortelano, Alfonso Grosso y la propia Carmen Martín Gaite conformaran el movimiento denominado “realismo social”.

Las obras del denominado “realismo social” se publicaron desde 1950 hasta los primero años de la década de los 60; en todas ellas se pueden apreciar una serie de rasgos comunes: el inconformismo y la solidaridad con los oprimidos, un decidido enfrentamiento con realidades sociales concretas, un afán de denuncia y un anhelo de cambios sociales, se piensa que el escritor debe comprometerse ante la injusticia social y debe ponerse al servicio de una voluntad transformadora. Las primeras novelas de Carmen Martín Gaite pertenecen a este movimiento, como “Entre visillos” publicada en 1957, en la que refleja la condición de la mujer en el ambiente burgués provinciano.

Posteriormente con la aparición en 1962 de “Las ratas” de Miguel Delibes y sobretodo de “Tiempo de silencio” de Luis Martín Santos, se inicia un cambio importante en la novela española hacia una literatura más experimental que tiene en cuenta la aportaciones narrativas de los grandes novelistas extranjeros. “El cuarto de atrás” pertenece a esta nueva forma de construir las novelas; cuya característica principal, desde el punto de vista formal, es la continua interferencia de los diálogos de la protagonista con un personaje ficticio, con largos monólogos interiores de ésta, que su vez es la propia autora.

La trama o parte fabulesca de la novela consiste en que una mujer que padece insomnio una noche -supuestamente, la narradora convertida en personaje de su propia novela- se ve sorprendida por la visita inesperada de un desconocido que la fascina y que entabla conversación con ella, como si la conociera desde siempre, haciéndole preguntas sobre su vida, y sobre su modo de hacer literatura, enmarcado todo en un ambiente misterioso.

En la novela la autora lleva a cabo un análisis introspectivo, se trata de un viaje al interior de ella misma en busca del pasado, para poder de este modo explicarse y comprenderse a sí misma. La presencia del hombre de negro es un mero instrumento, una presencia que es pretexto para la narración y, a la vez, para despertar la memoria de la autora-personaje; para que esta haga mayor énfasis en determinados recuerdos o actitudes vitales; como el sentimiento de rebeldía frente a las normas impuestas, lo que en el libro denomina “fugarse”, es decir, comportarse de modo distinto a como se espera; con especial énfasis al rol que durante la época franquista se había designado -por ley no escrita- a la mujer (afanada y resignada ama de casa, siempre supeditada a los deseos y voluntad de sus padres y maridos).

La forma es dialogada, pero sólo aparentemente: en realidad, reconocemos que son monólogos de la propia narradora, o sea, narraciones de incógnito al fin y al cabo. Se produce un desdoblamiento de la autora en narradora como voz en off o narradora observadora (que desde una supuesta realidad, la del momento de la escritura, transcribe esa ficción, ese diálogo ficticio como realidad que ha ocurrido verdaderamente) y narradora-personaje, dialogante, que toma parte en la conversación, dando lugar a un juego de espejos. Un ejemplo muy significativo de este monólogo-dialogo ficción es el que se produce con su antigua amiga de la niñez ya fallecida –con la que había inventado la “Isla de Bergai” para evadirse y encontrar la paz-. A esta amiga le gustaba el nombre de Alejandro (nombre del supuesto hombre de negro): “Oye, que divertido, que jaleo, se ha creído que soy Esmeralda. ¿Y él es Alejandro, verdad? Nos lo hemos encontrado en carne y hueso. No estés tan segura, espera a ver por donde sale todo esto.”

Las intervenciones de la voz de la narración son mínimas, y se refieren sólo a lo circunstancial, a lo que sucede en el espacio que los rodea, la habitación, mientras los dos personajes van hablando, como si se tratara de acotaciones teatrales, sobre gestos y posturas de los interlocutores (p. ej., la cajita de píldoras, que más tarde será prueba palpable de la presencia real de esa figura misteriosa, por lo que demuestra su importancia dentro del texto: su presencia no se debe al capricho, es una "piedrecita blanca" como la de Pulgarcito, una malicia del plan dentro de un entramado), aunque de vez en cuando no pueda resistirse a utilizar también esa voz para introducir alguna valoración sobre el pasado o alguna opinión sobre el acto de la narración, que resultan interesantes para comprender algunos aspectos de sus obras y de sí misma: por ejemplo, la reflexión sobre los libros de memorias, que recuerda al recurso metaficcional de la unamoniana Niebla, ya que se habla sobre cómo escribir un libro que, en el fondo, ya se está escribiendo, fragmentaria y sutilmente, siguiendo un hilo imperceptible: referencias a ese libro-embrión dentro del cuaderno perdido.

El pasado no es evocado mediante hechos concretos y fechas determinadas, sino que más bien se refiere a las sensaciones que tuvo en épocas pasadas; así habla de la época de los helados de limón, de la época del parchís, de la época de Carmen Franco, etc., evoca los detalles pequeños (con lo que se destaca la importancia que tienen los objetos para la escritora) y de los personajes aparentemente insignificantes (sus familiares, sus amigos y aun esa Carmencita Franco, la hija del dictador, de la que habla con ternura, como de una vida paralela a la suya, pues al fin y al cabo no es más que otra víctima del sistema a la que, aun sin conocer personalmente, comprende y con la que llega incluso, aunque sea por un momento, a identificarse).

El cuarto de atrás era una habitación donde se guardaban algunas cosas poco utilizadas por los mayores, y estaba absolutamente desorganizado, donde existía espacio para el estudio de ella y de su hermana, pero también había espacio suficiente para el juego, representaba “un reino donde nada estaba prohibido”. La desaparición de este cuarto, con esas características, pues hubo que utilizarlo para cuestiones más prácticas y materiales (el almacenamiento de víveres durante la postguerra); coincide también con el paso de la infancia a la adolescencia de la escritora-protagonista. También utiliza alegóricamente esta expresión “el cuarto de atrás” para representar aquellos recuerdos que los tenemos escondidos en el lugar más recóndito de nuestro cerebro y a los que solo podemos acceder a ellos en algunas ocasiones, no cuando queremos voluntariamente evocarlos. Así cuando retoma la conversación con el hombre de negro dice: “…se esfuma, se lleva las imágenes de mi infancia y de la infancia de mi madre. Ha vuelto a caer la cortina que defiende la puerta del cuarto de atrás.” (p. 93).

La referencia constante al "escondite inglés" (p. 97 y 102), a ese juego de niños al que se aferra texto tras texto sin aclararnos por qué, encuentra aquí la clave por fin para su desciframiento: la escritora se ha sentido durante parte de su vida como si estuviera jugando, sin saberlo, al "escondite inglés", como si todo cambiara o desapareciera sin que ella siquiera se diera cuenta de nada, como mirando a la pared mientras todo transcurre a sus espaldas. “El tiempo transcurre a hurtadillas, disimulando, no lo vemos andar, pero de pronto volvemos la cabeza y encontramos imágenes que se han desplazado a nuestras espaldas… Por eso es tan difícil luego ordenar la memoria, entender lo que estaba antes y lo que estaba después”

En cuanto al lenguaje, utiliza varios recursos para que el lector efectúe una lectura activa del texto, quien debe reconstruir lo que no queda dicho por la escritora, como es el caso de los deícticos: "...¿no estaría mejor sentada aquí?", "Ya, ahí está la cuestión", o de las muletillas conversacionales que añaden vivacidad al discurso narrativo y dan una sensación de frescura, de inmediatez inconsciente, que es absolutamente premeditada: "Bueno, sí, claro...", "sí, ya ve", "lo que le quería decir es que yo..."; o bien emplea verbos que indican inseguridad, para mostrar su subjetividad, para reforzar la impresión débil del recuerdo, la posibilidad de verdades personales, parciales, leves y siempre variables, tanteando lo real, aunque se trate de otro juego formal: "no estoy segura, creo que...", "yo juraría que...", "creo que… pero no sé", "yo es que...", "vamos, es como lo veía yo..."; asimismo, las enumeraciones le dan un ritmo de letanía a la narración en ciertos momentos culminantes, para destacar la asfixia, la monotonía de la vida en la época de Franco: "… Franco inaugurando fábricas y pantanos, dictando penas de muerte, apadrinando la boda de su hija y de las hijas de su hija, hablando por la radio, contemplando el desfile de la Victoria, Franco pescando truchas, Franco en el Pazo de Meirás, Franco en los sellos, Franco en el NO-DO..." (p. 115). 

Max 




Sobre Carmen Martín Gaite.- Por Pi

 Sin duda que por cronología y sociología hay que incluir a Carmen Martín Gaite  en lo que se ha llamado (con nombre algo nefasto) “realismo social”. Pero los matices que habría que hacer inducen a pensar que la autora no se ajusta gran cosa a cualquier definición que pueda darse de esta escuela o movimiento. Santos Sanz Villanueva (Historia de la novela social española) la coloca, junto a los autores más interesantes de la época (Aldecoa, Fernández Santos, Sánchez Ferlosio) en lo que él llama “tendencia neorrealista”. Con más amplitud de miras, Ignacio Soldevila (La novela desde 1936) explica la menor nombradía de la autora al equívoco de incluirla en el realismo social, ya que su obra decepcionaba a los forofos de dicha tendencia y hacía que no la leyeran los que estaban en contra de ella.
En realidad, una vena fantástica o al menos imaginativa hay en su obra desde los inicios. No cuento ningún secreto (porque la autora habla de ello en “El cuarto de atrás”) si digo que ya en “El balneario”, su primera novela (corta), hay una historia fantástica, reconducida luego al realismo mediante el expediente (algo decepcionante) del sueño. Pero en fin, si en la media docena de novelas que escribió en los 20 años primeros de su carrera predomina el realismo, “El cuarto de atrás” parece que marca un punto de inflexión.
Y no es porque no se sigan en la misma los procedimientos realistas, pero el orden cronológico y lógico está interrumpido constantemente por esos recuerdos que acuden, por esa presencia extraña del supuesto periodista que le hace indagar en sí misma, en su vida pasada, pero también en sus proyectos. No creemos, contra lo que dijeron algunos críticos, que la autora estuviera falta de temas, es que ha dejado de interesarse por la realidad externa más superficial y se adentra en otros mundos más reducidos y a la vez más amplios, los de sus recuerdos y sus anhelos, mientras que el presente desde el que escribe es indispensable pero está visto a la vacilante luz nocturna de una realidad mediatizada por una extraña presencia que, de nuevo, parece necesaria (como catalizador, como contrapartida de un diálogo que es casi monólogo) y no es sino pre-texto, pues el verdadero texto del libro es de una materia más evanescente, menos “real”
La novela tiene así una textura algo híbrida, en parte es autobiografía, memoria personal, (auto)crítica literaria, etc…Pero esta mezcolanza está hecha  con tanto arte y naturalidad, la autora mantiene tan bien el hilo de intriga (fino, pero sólido como el sedal con el que ha pescado al lector) que se lee no sólo con interés sino con verdadero placer. No es extraño por tanto que lograra el premio de la Crítica y que esté considerada entre las mejores de su producción que, si no es demasiado extensa, supera la docena de novelas y libros de ficción.
Entre sus características, yo aprecio en toda lo leído de Carmen Martín Gaite cierta simpatía, presente en esta novela, y, sobre todo, esa especie de complicidad que introduce al lector en su trama, de modo que parece estar a su lado cuando rebusca entre sus papeles, ve las cosas a su manera y disfruta de esa sensación privilegiada de estar a la vez viviendo el libro y leyéndolo. Para mí esto ha resultado delicioso.
Pi


 
Comentario.- Por Marc Feliu 

Carmen a través del diálogo con un desconocido, que se presenta a media noche después de estar ya acostada, realiza un viaje introspectivo mezclando realidad con ficción, presente con pasado. Todo tiene un desorden ordenado, fluyen los pensamientos sin orden cronológico real. El cuaderno que va buscando la va transportado de un momento a otro de un tiempo a otro, de un espacio a otro, de una sensación a otra, de una emoción a otra. Todo es en fluir de pensamientos de un tiempo pasado mezclados con instantes reales de una noche, o no reales. Puede haber sido un sueño.

Carmen se encuentra con el interlocutor perfecto, con el que la quiere escuchar, dispone de todo el tiempo, no entorpece sus idas y venidas en el tiempo ni sus ausencias a la cocina, la anima a seguir contando, le encanta toda ella. Se llama Alejandro como el protagonista de la novela que escriben una vez ella y su amiga. En su soledad y en la soledad de una noche tormentosa recompone y estructura toda su vida hasta ese momento, un ciclo de cincuenta años, un antes corto y un después muy largo con el Generalísimo.

Va realizando su propio retrato a través de la memoria. Su dificultad para dormir, siempre presente, la transportaba, cuando era pequeña y dormía con su hermana, a mansiones donde las damas se tumbaban en el diván, llevaban pantalones anchos, siempre perfectamente arregladas y al lado de un teléfono blanco precioso esperando la llamada. La época de los helados de limón, los juegos en el cuarto de atrás, los viajes a Madrid. Como se quitaba su madre los guantes en el teatro; estar sentada en el palco con sus padres y su hermana era el placer más grande de su infancia. Las visitas a la modista, ver los figurines de moda, elegir las telas, el modelo, el propio desfile de la modelo. Son recuerdos mágicos, vivencias mágicas que van construyendo su identidad. Todo esto formaría parte del antes, donde hablar de política no era peligroso, podía servir de distracción la conversación con su tío el socialista.

En ese después, largo, prolongado, los hechos los observa de otra forma. El cuarto de atrás se emplea de almacén: aceite grano, perdices en escabeche, grano, arroz… Se reciclan los juguetes, matan a su tío… Todo se tenía que amortizar, el abrigo, los zapatos… desaparecen las conversaciones tranquilas. Se impone un modelo de proceder y de actuar. En este tiempo sitúa a la mujer como protagonista; ella y las demás mujeres. Es el tiempo del recato. La mujer ha de mostrarse alegre, fuerte, sumisa, ama de casa, discreta, correcta, buena madre, siempre en la retaguardia ya que es el marido el que sobresale. La mano derecha no ha de saber lo que hace la izquierda, las chicas casaderas a las nueve y media en casa, han de saber coser y bordar, llevar la casa… Estudiar es cosa más de hombres… Todo lo escribe de forma ingenua, simpática, no olvida a las mujeres desecho de la guerra haciendo parodia de las canciones de la época que llevan nombre de mujer, que van de un lado a otro, que ninguno se las queda, víctimas de su desgraciado destino: La Lirio, La Petenera, La Ruiseñora. Ahora bien, la canción por excelencia es Tatuaje de Concha Piquer, de doña Concha como la llamaban. Es el tiempo de la espera, esperar es el cuarto de atrás de la mujer. Es el tiempo del estraperlo, de los modelos a seguir, de la falta de libertad, de los matrimonios de conveniencia… de las grandes diferencias sociales.

Además del interlocutor idóneo, la noche, el insomnio, los tiempos desordenados (como explica huye del caminito de piedrecitas para recordar, son sustituidas por las huellas de su paso), utiliza un escenario doméstico: su sofá, su cuarto, su cocina, el espejo (donde en un momento de esos de idas y venidas por la casa, se mira y se ve con el trapo en la mano para limpiar y piensa que eso no es lo suyo), la tremenda cucaracha que la asusta a ella y a su hija cuando vuelve; hay que matar lo malo, acabar con ello. Los objetos como el costurero que se desparrama y va recogiendo, allí también están sus medicinas. Pueden ser los pasajes de su vida. La cajita dorada: un amor no correspondido…

La conversación con Carola despreciada por Alejandro y azote de Rafael, los viajes con su amiga de la mano a la isla de Bergai, el salón del chalet de la Ciudad Lineal convertido en escenario de su introspección,el escondite inglés (ponerse de espaldas y esperar), la maleta de doble fondo con las cartas… Todo está en ese espacio comprendido entre la realidad y la ficción, los sueños o los deseos, en definitiva el retrato de 50 años de esa vida, real o imaginaria.

Carmen Martín Gaite es una rebelde de su tiempo pero tiene la suerte de pertenecer a ese escaso tercio de la sociedad española de la época. Claro que padece los tiempos que corrían pero con padres, hermana, casa para vivir, despensa llena y sobre todo acceso a la cultura. La cultura era la que era como ella cuenta; hasta llegar al instituto no conocía la palabra lesbiana ni invertido, el ideal de comportamiento era Agustina de Aragón, Isabel la Católica y otras. Es consciente de su ventaja, ya que nos cuenta como su mejor amiga tenía los padres en la cárcel y se imaginaba cosas para jugar. Los hijos de los labradores iban por ahí. Nace el 8 de diciembre de 1925 y muere el 22 de julio del 2000. Tiene una hija de su matrimonio con Rafael Sánchez Ferlosio. Resulta curioso y ratifica su rebeldía frente al sistema que el 23 de noviembre del 1975 sube a casa de una vecina con su hija Marta a ver el entierro porque no tiene televisión.

 Marc Feliu



Comentario.- Por MC

Como soy la última en enviar el comentario sobre la novela El cuarto de atrás no voy a reiterar lo que ya se ha dicho sobre su argumento.

Me gustó que se eligiera una novela de Carmen Martín Gaite porque para mí ha sido una autora imprescindible y, curiosamente, no recordaba haber leído esta obra.

Tengo claro que, sin tener referencias de ella, y solamente porque me resultó atractiva la portada y su título, el primer libro suyo que leí fue El balneario, que incluía, además de la novela corta del mismo nombre con la que ganó el premio Café de Gijón en 1954, tres cuentos más. Y a partir de ahí me cautivó su literatura y me interesó todo lo referente a su vida, trayectoria profesional, opiniones, conferencias… hasta llegar a la conclusión de considerarla una de las mujeres más interesantes del siglo XX de la que destacaría, sobre todo, su discreción: “la gente que explica tanto su vida –con aspavientos y alharacas- necesita de ese armazón. Es como las novelas exhaustivamente descriptivas pero que no ves la habitación” escribe el 6 de octubre de 1978 en uno de sus innumerables cuadernos.

El cuarto de atrás, dice Martín Garzo en el prólogo de una de sus ediciones, es un ensayo sobre el oficio de escribir, un libro de memorias y una novela fantástica. Pero, por encima de todo ello, es una larga conversación. Escribir para Martín Gaite es la búsqueda de un interlocutor providencial capaz de hacernos decir cosas insospechadas. Ella misma reconocía en alguna entrevista que la única novela en la que hablaba un poco de si misma era ésta pero “lo he aderezado con tal fantasía y con tantas cosas raras que pasan: ese señor de negro que no se sabe si existe o no, que bueno, lo enmascara”.

Después de su muerte se publica, en 2002, Cuadernos de todo, con la edición de las libretas y cuadernos, que tantas veces cita en sus novelas y que constituyen la trastienda de su obra narrativa.

Releyendo páginas de esa voluminosa obra - y muy cuidada en su edición-, se localizan los primeros apuntes para El cuarto de atrás en dos libretas de 1973-1974: “El cuarto de atrás debe ir muy ceñido con poca adjetivación ni artificio. Argumento y simplicidad”.

En otro cuaderno, y con fecha de 23 de enero de 1976, están los apuntes de la descripción del asunto de la pequeña vajilla, de siete cincuenta, que la protagonista ve en un escaparate y con la que imaginaba reponer su deteriorada cocina de juguete de antes de la guerra. Son muchos los elementos realistas de la novela, con recuerdos muy precisos de los años de guerra y posguerra, los bombardeos de Salamanca…

Llama la atención, en el cuaderno que inicia en diciembre de 1976, el apasionado encuentro de la autora con la obra Introducción a la literatura fantástica de Todorov donde se sostiene que el texto fantástico debe obligar al lector a vacilar entre una explicación natural y una explicación sobrenatural de los acontecimientos descritos y que tanto influyó en la redacción de la novela que comentamos. En otro apunte del mismo cuaderno ya se vislumbra la aparición del misterioso entrevistador como motivo central de la misma.

En un cuaderno con las cubiertas de tejido rojo, rayado, que estrena el lunes de Pascua de 1977, en la Biblioteca Nacional, ha pegado el texto mecanografiado del primer capítulo de El cuarto de atrás, la dedicatoria a Lewis Carroll y una versión de la escena final en la que el objeto mágico no es la cajita dorada que aparece en la novela. Es precisamente la dedicatoria del libro:

Para Lewis Caroll,
que todavía nos consuela de tanta cordura
y nos acoge en su mundo al revés”.
Y la cita de Georges Bataille La experiencia no puede ser comunicada sin lazos de silencio, de ocultamiento, de distancia” son una declaración de principios de lo que se manifiesta en la novela en la que ”elementos realistas y fantásticos se nutren unos de otros, se complementan y se afianzan mutuamente “(profesor Manuel Durán).
Como decía la autora la memoria humana tiene también su cuarto de atrás, una especie de desván que todos tenemos en el cerebro, separado de las estancias más ordenadas de la mente por una cortina que sólo se descorre de vez en cuando y son esos recuerdos que viven en “el cuarto de atrás” los que pueden darnos alguna sorpresa.
Es un libro original, lleno de encanto, con una prosa impecable y amena.
De la autora ya he expresado mi admiración y como destaca Rafael Chirbes en el prólogo a la obra Cuadernos de todo “una difícil y voluntaria posición de excentricidad permitió a Carmen Martín Gaite mirar de modo original los problemas de su tiempo, los consensos políticos, los usos cotidianos...”
Junto a Rosa Chacel y María Zambrano es el paradigma de mujer de letras, porque lo convirtió todo en letra escrita (en palabras del profesor José Teruel).
MC
 

El cuarto de atrás y la cajita dorada.- Por Pi


Sólo un breve comentario para resaltar estos dos elementos de la novela, aunque no creo añadir nada nuevo con ello.
Por un lado, en efecto, Marc Felíu ha analizado con suficiente extensión el valor de “el cuarto de atrás”, que la propia autora (al dar ese título a su obra) subraya ya. La evolución del cuarto, sus usos, etc… es una forma muy literaria de dar cuenta del paso del tiempo (de su tiempo, sobre todo).
Por otro lado, MC al mencionar la cajita dorada que, es, al final, el único testimonio de la “realidad” de la presencia fantástica del visitante de medianoche pone de relieve el intencionado carácter intermedio entre lo real y lo fantástico de este detalle, basado en la obra de Todorov.
No creo que la literatura haya de ser “fantástica” para incluir casi siempre un elemento de fantasía. La ficción, aunque se base fielmente en la realidad y respete sus reglas, no puede dejar de reflejar algo que en la vida real se da con más frecuencia de lo que solemos admitir, porque nuestras creencias racionalistas nos lo impiden: las casualidades y azares, por ejemplo, que pueden cambiar el rumbo, tal vez no de nuestra existencia, pero sí el de los acontecimientos a que ésta se ve sujeta. Esto sin ser “fantástico” rompe la lógica ordenada de nuestras vidas con cierta frecuencia. 
Lo que ocurre es que, aun dejando abierto el portillo de lo que puede suceder (“siempre ocurre lo inesperado”), solemos mantener rígida la separación entre lo “normal”, lo programado, lo esperable y lo eventual, inesperado o inverosímil. Y, en general, tratamos de evitar las consecuencias de la irrupción de esto último en nuestras vidas.
Yo creo que esta novela se sitúa en esta encrucijada, perfecta, desde el punto de vista formal, y, por una noche, la narradora-protagonista se deja llevar (no sin reticencias) a la irrupción de lo inesperado, aunque el mundo que se le revela así no deja de ser el de siempre, pero alterado por la ausencia de orden cronológico, de reglas del mundo “real”. Eso, que provoca una ruptura de las fronteras entre lo real y lo fantástico, es uno de los logros de la novela.
El otro factor valioso, para mí, es la simpatía que me inspira la autora, no sólo por  esta novela, pero que en ésta se ve incrementada por el tono tan personal que le confiere el ser ella, con pocos velos, la protagonista. 

  Pi 

 

 Vamos cerrando y a otro tema.- Por Max 

 

Todos hemos coincidido en que el gran acierto de Carmen Martín Gaite en “El cuarto de atrás” ha sido el transformar una monótona confesión autobiográfica en un texto vivo (pues con la visita del misterioso hombre de negro, el monólogo se transforma en un dialogo real, aunque en el fondo sabemos que es imaginado) y con una cierta dosis de misterio, en el que además la autora va desgranando algunas de las claves de su producción literaria: “La literatura es un desafío de la lógica, no un refugio contra la incertidumbre”, y su pensamiento político (la denuncia de la situación de opresión de la mujer en la época franquista).

Marc Felíu aporta una interesante interpretación del significado de la existencia del cuarto de atrás, como lugar lúdico y desordenado, donde todo estaba permitido; y la posterior utilización de dicho espacio para otros fines más materialistas y prácticos, para determinar la separación de dos épocas de la historia política de España, la anterior a la guerra civil y la que se inicia con esta y la posterior dictadura de Franco.

MC como viene siendo costumbre ha rebuscado lo que podía haber detrás de la novela, o mejor dicho antes de esta, en este caso, son los “Cuadernos” –la autora nos habla de uno de ellos en la novela- en estos cuadernos Carmen M.G. iba efectuando una especie de bosquejos, que luego va utilizando en obras posteriores. (Desconocía que se había publicado un compendio de dichos cuadernos).

Max


miércoles, 3 de mayo de 2017

El Príncipe.- Nicolás de Maquiavelo



Un comentario sobre El Principe.- Maquiavelo 

 

Si encontrasteis “anticuado” a Bradbury, imagino que vuestro juicio sobre la obra de Maquiavelo no será distinto y con mayor razón.

Desde luego, es una obra “antigua”. Escrita en 1513 y publicada en 1531, tiene “grosso modo” 500 años de vida. Sobre el autor, del que encontraréis en Internet mucha más información, diré que Niccolò Macchiavelli (1469-1527) fue un florentino que ocupó cargos (“políticos” o de alta administración) en su ciudad durante la época republicana (1494-1512), cargos que perdió a la vuelta de los Medici, pasando el resto de su vida, en semi-desgracia, dedicado a la escritura, el estudio y la enseñanza.

Esta obra, dedicada a Lorenzo de’ Medici (el Magnífico), pretende ser un análisis del “principado” o, como diríamos ahora, del sistema monárquico, por contraposición al republicano, formas de gobierno que coexistían entonces en los diversos micro-estados en que estaba dividida Italia.

Hoy no existen monarquías (“príncipes”) en el sentido en que se definía en tiempos de Maquiavelo, si exceptuamos los casos (dudosos) de las dictaduras comunistas del subdesarrollo (Corea del Norte, tal vez Cuba) o algunos estados petroleros árabes, que son irrelevantes.

En efecto, el príncipe que define Maquiavelo es un monarca (un hombre que ejerce en solitario el gobierno) y que instaura o continúa una dinastía familiar. Queda un puñado de monarquías dinásticas en Europa, pero el rey no gobierna, y las repúblicas presidencialistas no tienen carácter dinástico. El resto son tiranías, a las que las reglas de Maquiavelo se aplican sólo por analogía.

De forma que el libro carece de actualidad al tratar de una forma de gobierno extinguida hace como mínimo un siglo (dejando de lado excepciones curiosas)

Tal vez os parezca anticuado el método de inducir reglas de conducta (para los príncipes) de ejemplos sacados de la antigüedad o de la época de Maquiavelo, que para nosotros es casi igual de antigua. Pero de eso se puede sacar alguna conclusión.

La principal es que Maquiavelo es un empírico. Si dejamos de lado los prejuicios de nuestra época que dividen a los hombres en “progresistas” y “conservadores” (o en “derechas” e “izquierdas”) advertiremos una fractura más de fondo y válida para todo tiempo, que es la que divide al mundo entre teóricos y empíricos.

Los teóricos conciben sus teorías y encuentran luego en la vida humana o en el mundo material las pruebas de lo que han pensado. Los empíricos, en cambio, extraen de la vida (la Historia) o del mundo hechos de los que inducen, no tanto una teoría, cuanto unas reglas. Los teóricos (bajo el nombre de teólogos escolásticos) dominaron la mayor parte de la Edad Media, mientras que los Humanistas o renacentistas (que eran empíricos) se impusieron desde el siglo XV. Modernamente, la Ciencia es, en general, teórica, mientras que el saber popular (en vías de extinción) es empírico.

Maquiavelo, por ello, nos desgrana una serie de ejemplos históricos que más que demostrar una teoría previa suya, le han servido para formular algunas reglas útiles para los gobernantes de su época o posteriores. Con ellos pone de relieve su cultura histórica y su conocimiento de los clásicos, en suma, su humanismo. No es culpa suya que esos hechos históricos nos suenen ahora a chino, contribuyendo así a esa impresión de “anticuada” de la obra.

Por otro lado, algunos de sus preceptos o máximas tienen aún cierta utilidad, pese a los cambios de los sistemas políticos operados desde entonces. Al final selecciono los que me parecen aún interesantes.

Maquiavelo tiene el dudoso honor de haber pasado al vocabulario con un adjetivo peyorativo (maquiavélico) que denota la mala fama adquirida por este libro. Sin embargo, la mayor parte de esa mala fama es inmerecida y no deriva de sus principales características como pensador político. Maquiavelo, por ser un empírico, es realista. En general, sus afirmaciones no tienen carácter valorativo, y cuando lo tienen, hace las reservas de rigor (que podemos juzgar hipócritas, desde luego) respecto de los valores relativos al bien, a Dios, etc.. Como realista, es pesimista y más bien conservador (por aquello de “más vale malo conocido…”), pero también republicano y liberal, y si tiene un ideal (algo vano, como todos los ideales políticos) es el de aspirar a la unificación de Italia (que se llevó a cabo tres siglos y medio después). Es cierto que sus opiniones sobre la humanidad son mejorables, pero no deja de ver las cosas como son y no como querría que fueran.

Si preguntara dónde figura su conocida frase “el fin justifica los medios”, no podríais contestarme, porque, simplemente, esa frase no la escribió Maquiavelo. Se dice que fue una anotación hecha por Napoleón al final de su ejemplar de “El príncipe” a modo de resumen o colofón de la obra. El ejemplar que he leído contiene las notas de Napoleón, pero no tal frase. Y de todos modos, las sedicentes notas del tirano francés son de una vulgaridad tal que, a las pocas páginas, he dejado de leerlas. Napoleón era un genio, tal vez, pero no en el sentido intelectual.

Por eso mismo, dudo si el análisis de la manoseada frasecita debe formar parte de este comentario. Pero como el libro es un manual sobre cómo conservar el poder, y en él se estudian los métodos mejores (o peores) para ello, quizá se pueda atribuir a la frase la cualidad de resumen del mismo, y valga la pena analizarla.

En primer lugar, lo que hace Maquiavelo es ver qué funciona mejor o peor en orden a la finalidad de todo príncipe (y de todo gobierno) que es el de mantenerse en el poder. Esa no es una finalidad teórica, ni se juzga si es buena o mala, es simplemente lo que quiere el gobernante. Por ello, el análisis de los medios para ello no tiene tampoco un carácter moral, sino realista y empírico.

Por lo demás, y con ese carácter aproximado que tienen las verdades de experiencia (a diferencia de las teóricas, que suelen ser absolutas: dogmas, axiomas o leyes científicas) yo creo que la frase es válida. Es el fin lo que justifica generalmente los medios. Si me lanzo al mar en medio del oleaje, está justificado si lo hago para salvar a una persona que se ahoga. Cosa distinta sería que se formulara diciendo que “cualquier fin justifica cualquier medio”.

Una última cuestión general sobre la obra de Maquiavelo es que pone de relieve que las reglas de la vida política no son las mismas que las de la vida privada. Tal vez sea discutible el principio de “conservación del poder” que es la premisa máxima de Maquiavelo (insisto, por realismo, y no por gusto), pero la estabilidad de los gobiernos, el mantenimiento de un cierto orden (que nunca será justo del todo), etc.. sí pueden serlo y exigir sacrificios parciales a todos o a algunos. No es que Maquiavelo los justifique, y menos desde el punto de vista moral, sino que es como el mecánico de taller que te dice que, si quieres que el coche te funcione, hay que limpiar el carburador, aunque te ensucies las manos. Las buenas intenciones, decía Gide, hacen mala literatura, y Maquiavelo viene a decir que hacen también mala política. Y que la mala política del gobernante recae luego en sus súbditos en forma de guerras, desorden, ruina, etc..

Acabo con un corto catálogo de frases que pueden ser útiles para conocer a Maquiavelo o para orientarse en el proceloso mar de la política, con indicación del capítulo en que se contienen. No os doy la página, porque esta variará según las ediciones.

Capítulo III: Los hombres que mudan gustosos de señor con la esperanza de mejorar su suerte…van errados.

Los hombres quieren ser acariciados o reprimidos y se vengan de las ofensas cuando son ligeras. Así pues, la ofensa que se haga a un hombre debe ser tal que le inhabilite para la venganza.

Capítulo VII: Quien crea que los nuevos beneficios hacen olvidar las antiguas injurias, va errado.

Capítulo XVII: Con poquísimos ejemplos de severidad serás mucho más clemente que los que, con demasiada clemencia, dejan engendrarse desórdenes acompañados de asesinatos y rapiñas

Como es difícil serlo al mismo tiempo (temido y amado) es mejor ser temido antes que amado….El amor no se retiene por el solo vínculo de la gratitud.

Capítulo XXII: Entre los príncipes, como entre los demás hombres, hay tres clases de cerebros: los que piensan por sí mismos, los que son capaces de captar lo que otro les enseña y los que no conciben nada ni por sí mismos ni con ayuda de otros.

He dejado para el final las citas del autor que expresan sus opiniones sobre los hombres (en general) y sobre las mujeres (mejor dicho, sobre cómo comportarse con ellas). Son lo suficientemente expresivas como para comentarse por sí mismas, y recuerdo al personal que no hago sino transcribirlas. Para más seguridad, he copiado las últimas del original italiano, que se puede entender sin dificultad.

Sobre los hombres (Cap. XVII): Puede decirse, hablando generalmente, que los hombres son ingratos, volubles, disimulados, cobardes y ansiosos de ganancias. Mientras les haces bien y no los necesitas, te son adictos, pero se rebelan cuando llega la ocasión.

Sobre las mujeres (Cap. XXV) Hay que advertir que estas opiniones son indirectas y se expresan en el contexto de cómo debe apoyarse un príncipe en la fortuna (la suerte). Aunque Maquiavelo desaconseja fiarse de la suerte, dice que, como la fortuna es mujer, conviene comportarse con ella como tal:
“… perchè la fortuna è donna, et è necessario, volendola tenere sotto, batterla et urtarla. E si vede che la si lascia più vincere da questi che de quelli che più freddamente procedano”.

Pi 

 

¿Siguen vigentes hoy las teorías expuestas en “El Príncipe”?.- Por Max


No cabe duda de que Maquiavelo es un hombre del Renacimiento poseedor de una amplia cultura y con una trayectoria profesional como filósofo, diplomático y escritor. En “El príncipe” nos da unos principios sobre el modo de actuar por parte de las personas que ostentaban el poder político en su época, que eran prácticamente en su totalidad del tipo monarquías absolutas; con independencia del título que tuviese la persona que ostentaba ese poder, según los países así en las actuales Francia, España, Portugal, estaban conformadas por monarquías que ejercían el poder en territorios amplios, mientras que en el caso de la actual Italia, existía una fragmentación territorial, con múltiples ducados, condado, etc, a los que había que sumar el espacio geográfico controlado por el Papa de Roma.
 En principio, me llama la atención que aplique los mismos principios de actuación de un príncipe o señor absoluto para conquistar y conservar un territorio en el siglo XVI, a los que utilizaron los persas, los romanos o Alejandro Magno; antes de nuestra era (la única diferencia que señala en el capítulo XIX y por lo que respecta a occidente, no así al imperio turco y al sultanato, es que en el antiguo imperio romano o en la antigua Grecia los emperadores debían de satisfacer en mayor medida a los soldados que al pueblo, pues de los primeros dependía el mantenimiento en el poder, mientras que en el tiempo en que escribe Maquiavelo, el príncipe deben satisfacer antes al pueblo que a los soldados, porque el apoyo del pueblo es fundamental para mantenerse a la cabeza del principado), de lo cual podemos deducir que la filosofía política no había evolucionado prácticamente nada en más de 16 siglos. Creo que esta asimilación es susceptible de matizaciones, una de ellas, nada desdeñable, sería la cuestión de las creencias, en la antigüedad no estaban implantadas en occidente las grandes religiones monoteístas mientras que en el siglo XVI en Europa el cristianismo llevaba ya XV siglos de implantación y evolución; y estaba en una etapa crucial en cuanto a su evolución futura. Quizás esta postura de Maquiavelo se debe precisamente al movimiento renacentista del que fue uno de sus principales componentes, que entre otras cosas suponía el volver la vista hacia las civilizaciones clásicas de Grecia y Roma.
Maquiavelo establece unos principios generales para la conservación de un territorio, distinguiendo entre: si se trata de un pueblo que estaba sometido a un rey o príncipe, o si, por el contrario, se trata de un pueblo que antes de ser adquirido estaba acostumbrado a regirse por sus propias leyes y vivir en libertad. En el primer caso señala dos medidas fundamentales a tomar:
1º Que la descendencia del anterior príncipe desaparezca.
2º Que las Leyes ni sus tributos sean alterados.
En el segundo caso el rey o príncipe que lo conquiste debe adoptar necesariamente estas medidas:
1) Destruir las ciudades y dispersar a sus habitantes.
2) Radicarse en él, debe estar cercano al nuevo territorio para tener información de primera mano de posibles conjuras en su contra.
3) Dejar que continúe rigiéndose por sus propias leyes.
4) Obligarlo a pagar tributos.
5) Establecer un gobierno constituido por un corto número de personas que velen por la conquista y a quienes el pueda controlar fácilmente.
Encuentro que existen contradicciones entre algunas de estas actuaciones, pues si se les dispersa como van a conservar sus propias leyes, si ya no existe la organización social como tal que las sostenga; y si se les deja regirse por sus propias leyes, estos siempre pueden, en nombre de la libertad y de sus antiguos estatutos, alzarse contra del nuevo príncipe. De otro lado, encuentro contradictorio el que se les deje regirse por sus propias leyes con el establecimiento de nuevos tributos, pues esto supone una modificación importante y además en contra de sus haciendas, por lo que no va a ser bien recibida.
 Quiero tratar ahora de la vigencia de algunas de las teorías de “El príncipe”. Indudablemente la naturaleza humana no ha cambiado tanto desde el XVI, el hombre se rige por los mismos buenos principios y propósitos: la bondad, la equidad, la piedad; pero también en el fondo del alma humana permanecen los grandes males o fuerzas negativas: el miedo, la envidia, la egolatría, la ambición, etc; por ello algunos de los consejos que enumera “El Principe” son validos para actuar en política en la actualidad, si bien, adaptándolos a las organizaciones políticas actuales.
Hoy no podemos hablar de eliminar a toda la familia del que ostenta el poder, pongamos por caso, del presidente de Estados Unidos; esto no tendría sentido, pues los cargos políticos no son hereditarios, sino que se eligen democráticamente. Pero lo que sí se lleva a cabo, con relativa frecuencia, es debilitar a los rivales políticos de partidos competidores o, lo que es más frecuente, a adversarios políticos dentro del mismo partido; pues muchas personas cuentan con alguna acción poco edificante (¿quién no ha dejado de pagar el IVA a algún pequeño profesional? acciones políticamente incorrectas, y los que están en mejores condiciones para conocerlas son los propios compañeros de partido;  hay quién de modo soterrado, utilizando terceras personas, en caso de un posible enfrentamiento político, del que puedan salir derrotados, no dudaran en utilizar dicha información, sacándola a la luz, y si la falta del adversario es de relevancia, puede llegar a arruinar su carreta política; claro está, el gran público desconocerá la identidad del verdadero promotor de la difusión del asunto. No se trata de la muerte física del rival sino de una figurada muerte política.
En cuanto al incumplimiento de las promesas hechas, Maquiavelo parte del principio de que se deben cumplir, pero si la  observancia de tales promesas se vuelve contraría a los intereses del príncipe, o cuando hayan desaparecido las razones que le hicieron prometer una determinada acción, se puede incumplir la promesa. La razón que aduce para no cumplir lo prometido es que los hombres no son todos buenos, sino que por el contrario la mayor parte de las personas son perversas, y ellos no cumplirían la palabra dada contigo, por lo que tú no debes observarla; esta razón parece bastante simplista, pero no deja de tener sentido incluso en la actualidad; y añade: “Nunca faltaron a un príncipe razones legítimas para disfrazar una inobservancia”.
En la actualidad el incumplimiento de las promesas electorales por parte de los ganadores de las elecciones es frecuente en muchos países, sobre todo en nuestra querida España; y no solo el incumplimiento, sino la promoción de medidas contrarias a las prometidas durante la campaña electoral, recordemos la famosa promesa de Felipe González de no entrar en la OTAN, y como unos meses después de asumir la presidencia del gobierno promovió el sí en el referéndum convocado para decidir la entrada del país en dicha organización, y lo ganó si sufrir gran desgaste político.
Otro principio de actuación que indica “El Príncipe” es que para mantenerse en el poder debes parecer y mostrarte piadoso, fiel, humano, recto y religioso; y asimismo serlo efectivamente; en una palabra ser una persona honesta, equitativa y justa; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera necesario, pues a menudo, para conservar el poder se ve uno arrastrado a obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión. Esta premisa está plenamente en vigor, en política debes, muchas veces, actuar de forma deshonesta y poco equitativa si deseas continuar en el poder. Maquiavelo añade una justificación a este modo de actuar: “Todos ven lo que pareces ser, más pocos saben lo que eres, y estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de la mayoría”.
Mantiene Maquiavelo que los dos pilares sobre los que se sustenta el príncipe en el poder son la nobleza y el pueblo, y afirma que un príncipe diligente debe mantener contento al pueblo, sin hacer enfadar a los nobles. En términos muy simplificados podemos decir que actualmente existen también dos pilares sobre los que se mantiene el poder de los líderes políticos: el pueblo -pues son elegidos por éste- y los ostentadores del capital (llámense: grandes multinacionales, grupos inversores, los mercados, etc). Los presidentes de gobierno si quieren mantenerse en el poder deber adoptar medidas que parezca que favorecen a la gran mayoría de los ciudadanos, pero al mismo tiempo, deben abstenerse de perjudicar a los poderosos, de ahí que se mantengan las instituciones como las: SICAV –Sociedades de Inversión de Capital Variable, que permiten a los más ricos contribuir muy poco, prácticamente nada, al erario público-,  los paraísos fiscales, etc. 
Max            


Comentario.- Por MC

   Como dice Pi en su comentario, sobre Maquiavelo se pueden encontrar incontables estudios y referencias y aunque su obra suele ser abordada desde el estudio de la teoría política hay que recordar que fue un gran autor de obras literarias que le reportaron un importante  éxito en su época: la excepcional obra teatral La Mandrágora (1518), Clizia (que reproduce escenas de Casina de Plauto) o la fábula Belfagor archidiablo en las que se muestra irónico, crítico, descreído…, consiguiendo que el lector o el espectador se ría de la realidad y, no tan conscientemente, de sí mismo.
    El PRÏNCIPE, fue escrito hace 500 años, en 1513, pero no se publica hasta 1532 a título póstumo y por esta obra a su autor se le considera el fundador de la filosofía política moderna, lo que justifica aún, hoy día, su lectura.
    Maquiavelo no se plantea reflexionar sobre cómo conseguir una sociedad más justa sino que trata de entender y reflexionar cómo es el mundo real, cómo son los seres humanos y las sociedades en las que viven.
    Precisamente al ser tan descarnada la realidad que refleja, al salir tan mal parados, es por lo que ha tenido tan mala fama (“el malvado Maquiavelo”), acuñándose “maquiavélico” como sinónimo de taimado, malvado e intransigente.
    Es, como también resalta Pi, un autor realista. La política de su tiempo como la del siglo XXI consiste, básicamente, en el arte de conseguir el poder y de mantenerse en él. El libro es un manual de las técnicas de poder y toda acción política es observada en relación con la capacidad de obtenerlo y mantenerlo, al margen de consideraciones morales.
    Resulta curioso que cinco siglos después “seguimos discutiendo de lo mismo: el poder, la ética con la que se ejerce, la moral con la que se piensa, la legitimidad con la que se mantiene…”
    Para demostrar la vigencia de su lectura he seleccionado una serie de frases para intentar –con humor- hacer un ejercicio de  qué personajes públicos de la actualidad pueden identificarse con ellas, en la seguridad de que la elección de cada uno de nosotros sería diferente.
– “…y es de tanta virtud que hace que se mantengan en el poder incluso hombres que no aparentan tener nada de particular…”.
– “…los príncipes sabios no solo deben preocuparse de los problemas presentes, sino también de los futuros…. previstos con antelación se les puede encontrar fácil remedio pero si se espera a tenerlos encima, la medicina nunca está a tiempo…”.   
– “…no puede, por tanto, un señor prudente –ni debe- guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad se vuelve en contra suya y han desaparecido los motivos que determinaron su promesa…”.
– “…no es, por tanto, necesario a un príncipe poseer todas las cualidades anteriormente mencionadas, pero es muy necesario que parezca tenerlas”.
– “…la prudencia consiste en saber conocer la naturaleza de los inconvenientes y adoptar el menos malo por bueno”.
– “…es necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder no ser bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad”.
– “…el primer juicio que nos formamos sobre la inteligencia de un señor es a partir del examen de los hombres que tiene a su alrededor…”.
    Finalmente comentar que me llamó la atención que el libro acabe con unos versos de Petrarca. Como recoge la entrevista de Daniel Gascón al profesor Maurizio Violi, autor de La Sonrisa de Maquiavelo, éste creía en el valor profético de la poesía, destacando dicho profesor que Maquiavelo no sólo escribía para describir y explicar la vida política sino que también buscaba generar un compromiso.

MC


Nicolás de Maquiavelo.- El Príncipe.- Por Marc Feliu



He basado mi comentario en el estudio realizado por Miguel Ángel Granada.

El Príncipe fue redactado de un solo golpe entre agosto y diciembre de 1513 (la dedicatoria a Lorenzo es posterior) a partir de su asidua lectura a las historias y su larga experiencia personal.

En la obra se distinguen cuatro partes fundamentales:

  1. Capítulos I-XI: Se estudian las diferentes clases de principados, cómo se adquieren y se conservan. Pero la verdadera intención de Maquiavelo es examinar los principados nuevos con las diferentes formas de acceso y los problemas que plantea su conservación. Termina con unas referencias al principado eclesiástico donde resalta su desprecio por la política temporal de la iglesia.

  2. Capítulos XII-XIV: El mantenimiento de la libertad y la conservación del Estado dependen de la dependencia exclusiva de sí mismo y de la capacidad de una defensa eficaz: un Estado es libre y seguro si dispone de un ejército propio bien organizado sobre la base del reclutamiento ciudadano. Un príncipe solo puede mantenerse si dispone de armas propias y él mismo está al frente del ejército. Por las mismas razones las armas mercenarias y auxiliares muestran la dependencia y debilidad de dicho Estado.

  3. Capítulos XV-XXIII: Maquiavelo pasa a estudiar cuál debe ser el comportamiento y el gobierno de un príncipe con respecto a súbditos y amigos. Desarrolla los principios de una política rigorosamente realista, pues la política debe basarse en lo que la naturaleza y pasiones humanas son inevitablemente: maldad, volubilidad, ingratitud, ambición, envidia. Un príncipe (el Estado) debe basarse en sí mismo: la ley por un lado y la fuerza por otro, disfrazando, porque lo obliga la naturaleza de las cosas y su movimiento, sus a primera vista injustas e irreligiosas acciones porque la política para la generalidad es el reino de las apariencias ya que todos ven lo que pareces y pocos palpan lo que eres. Se ha de ser consciente de que es inevitable y necesario a veces” pecar” para conservar el Estado y la libertad pero se ha de procurar por todos los medios no incurrir en el odio y desprecio del pueblo, porque estos son los males que hacen perder el Estado. La mejor fortaleza es no ser odiado por el pueblo, porque por muchas fortalezas que tengas si eres odiado por el pueblo lo perderás todo.

  4. Capítulos XXIV-XXVI: Maquiavelo asume a modo de conclusión la situación contemporánea de Italia: las causas de la ruina de Italia y la posibilidad de una regeneración que permita recuperar la libertad y ordenar un Estado moderno y eficaz como forma de convivencia.

Se debate el lugar que en el curso político corresponde a “virtud y fortuna”, con el fin de refutar a quienes desean disfrazar su incapacidad e ignorancia en la fortuna y también mostrar que la virtud y la audacia tienen un lugar importante en la lucha política.

El interés del autor se dirige al principado nuevo, y en César Borgia ve el modelo contemporáneo de formación de un Estado nuevo. Nos encontramos con la rotunda afirmación del principio de la imitación de los antiguos (Moisés, Ciro, Rómulo y Teseo) uniendo así la resurrección de la antigua virtú italiana a la figura del príncipe nuevo que sea capaz con su virtud personal de aprovechar la oportunidad que le brinda la fortuna para informar la materia corrompida italiana con sus nuevas instituciones.

Aspectos Maquiavélicos

Para Maquiavelo la historia es una permanente manifestación de lo mismo, coincidente –allí donde un Estado puede desarrollar su ciclo vital- con un ascenso hacia la máxima perfección y virtud y un descenso hacia la degeneración, desorden, corrupción y vileza. El hombre tiene una naturaleza y pasiones constantes, idénticas , determinantes de su acción: la ambición, la envidia, la impaciencia, la sed de venganza…Ello origina un movimiento en las relaciones humanas que escapa al control humano produciendo el desorden, la corrupción que genera siempre los mismos accidentes porque las causas son las mismas. Las pasiones son siempre las mismas. Por eso es siempre igual la historia humana y por eso puede funcionar como fuente de saber.

El desorden y la inseguridad generados por la ambición y la naturaleza humana solamente pueden ser evitados por el Estado. Puesto que ni la religión ni la educación conservan siempre su calidad formadora del ciudadano, llega un momento donde comienza el más o menos rápido descenso hacia la corrupción y el desorden. En este caso solo hay dos medios para hacer frente a la situación: ”retorno al principio”, y cuando la degeneración es completa el “príncipe nuevo” que cree un nuevo ordenamiento estatal.

Con su construcción del mito del “príncipe nuevo” llama a la acción al individuo capaz de realizar con su virtud esa tarea necesaria y posible a la cual el momento presente da amplia ocasión y oportunidad.

Con “El príncipe”, Maquiavelo pretendía inaugurar una nueva ciencia “la política”. Todo el tratado tiene las características de un estudio realista o científico de las distintas formas de principado y los principios de un gobierno. No hay garantía total de éxito pero a pesar de todo hay que intentarlo teniendo presente que la fortuna está más con los audaces que con los indecisos.

La contraposición entre “fortuna“ y “virtud”, capital en la obra, es una de las articulaciones mediante las que la política comienza a abrirse paso como saber científico.

Marc Feliu





Decididamente anticuado.- Por Pi
Inicié mi comentario de apertura señalando que uno de los motivos de que “El príncipe” estuviera anticuado era la práctica desaparición de la forma de gobierno que estudiaba. Leyendo vuestros comentarios, mis reflexiones me confirman la impresión del escaso valor nominal de esta obra como guía de la política actual, por razones añadidas.
En primer lugar, la idea de la “conservación del poder” como base de la buena salud social sólo se mantiene cuando se concibe, como se hacía en el Antiguo Régimen un poder estable, en el que las únicas mutaciones procedían de la sucesión hereditaria en el caso de los principados. Si se considera este orden como inmutable, en efecto, cualquier intento de alteración afecta al orden social y no sólo al ejercicio del poder.
Esto, además, era válido incluso para las “repúblicas” de la época, que eran gobiernos oligárquicos colegiados, cuyas cabeza visibles (los dogos de Génova o Venecia, por ejemplo) tenían menos poder efectivo que los órganos que los elegían y asistían en el gobierno, y que, más allá de las personas que ocuparan los cargos, representaban los intereses de la oligarquía ciudadana. Era un poder estable y cualquier cambio profundo del mismo afectaba al orden social.
El mundo moderno de la política se parece más al esquí acuático o a cualquier deporte de riesgo más que al modelo antiguo. Se trata de conservar la posición (el equilibrio) haciendo piruetas en el sillín que ocupas por un tiempo limitado (porque la regla es “el cambio”) mientras todo a tu alrededor da más vueltas que la noria de una feria. El señor Maquiavelo no podía imaginarse ese escenario, y no se lo podemos reprochar.
El suyo, no nos engañemos, no era tampoco un mundo idílico. El veneno o la daga estaban a la orden del día como instrumentos correctivos de una inmutabilidad que tampoco era posible, al menos en esa escala de pequeñas ciudades-estado de la Italia de su época. Pero el escenario, el contexto teórico sí que era inmutable. Recuerdo una profecía medieval que predecía los horrores que anunciarían el fin del mundo: “Omnia mutabuntur” (todas las cosas cambiarán), decía el profeta con terror.
Pero es que, en esa época, se concebía la Tierra como una cosa plana y sólida y hoy no sólo sabemos que anda girando, sino que la materia, además de que tiene más agujeros que el queso de Gruyère, está sometida a leyes de probabilidad que nada tienen que ver con las que regían cuando éramos pequeñitos. No hay razón para que le pidamos a los políticos más estabilidad que a los electrones.
¿Qué queda de Maquiavelo, entonces? Poco. Un cierto cinismo mal disimulado, que es, pese a todo, positivo, porque evita que nos creamos los cuentos de hadas que los políticos modernos se ven forzados a emitir mientras transitan por posturas inverosímiles y siempre cambiantes. ¿Os imagináis a Maquiavelo hablando de “plurinacionalidad”? Pues al menos esa es una lección intelectualmente aprovechable.
No, no es la naturaleza humana la que ha cambiado, entre otras razones porque, como decía Ortega, el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Pero hasta en eso hay que hacer alguna enmienda. Porque el hombre sí tiene una naturaleza, la animal, y a no tardar los animalistas harán su entrada en el juego político, añadiendo su granito de sal a una situación ya de por sí picante. ¿Qué diría Maquiavelo del partido animalista? Yo creo que se volvería turulato e ingresaría en el convento más próximo de ursulinas de género no-binario, que es lo que ahora se lleva.
Sic transit gloria mundi.
Pi